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Proletarios del mundo uníos

Haití y la primera revolución social en América

El próximo jueves 28 de enero, a las 18:00 horas, vamos a realizar una sesión del círculo con el tema "Haití y la primera revolución social en América", que será expuesto por Ismael Contreras.
 
A continuación de la presente, y también como anexo, encontrarán el Capítulo VII del libro del George Novack Cinco siglo de revolución: Dos eras de revoluciones sociales, referente a la rebelión de los esclavos en Haití.
 
Al igual que en ocasiones pasadas, vamos a realizar un enlace vía internet con los compañeros de Irapuato.
 
La sesión tendrá lugar en el local de la LUS, Isabel la Católica 134, Altos D16, Centro Histórico, Tel. (55) 5709 4206. 
 
¡Saludos!
 
Jaime
 
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La rebelión de los esclavos negros en Santo Domingo
George Novack
 
Capítulo VII, del libro de George Novack: Cinco siglos de revolución: Dos eras de revoluciones sociales, Colección Construyendo Ideas, Ediciones ¡Uníos! y Frente del Pueblo. México, 2000. (La edición impresa contiene un prólogo de Manuel Aguilar Mora y Alejandro Gálvez Cancino.)
 
E


l siglo veinte, dominado por el capital monopolista e imperialista, ha sido la era de la revolución colonial por excelencia. Dos rebeliones especialmente notables de este tipo ocurrieron antes del siglo XX cuando reinaba el capital comercial en los dominios comerciales de Inglaterra y Francia. Ambas rebeliones se dieron en América, una en el litoral del Atlántico del norte[1] y la otra en la isla de Santo Domingo.[2]
 
Ambas revoluciones compartían una característica común: su resistencia y subsecuente victoria sobre la dominación imperial europea. Pero también tuvieron características muy diferentes. Las clases involucradas pertenecían, considerándolas de acuerdo a la evolución histórica, a niveles distintos de desarrollo. La rebelión de Santo Domingo era parecida a las rebeliones de la Roma antigua, aunque se enfrentaba contra terratenientes burgueses y no contra opresores patricios. La guerra de independencia norteamericana fue dirigida por una coalición de comerciantes norteños y de hacendados sureños. Esto últimos eran esclavistas y, por supuesto, impidieron exitosamente la participación de sus esclavos en la guerra.
Mas, a pesar de su heterogeneidad social, ambas naciones coloniales vivían bajo el imperio de un solo mercado mundial del cual eran parte integrante y además muy importante. Sus movimientos insurgentes fueron la consecuencia de la misma dinámica de los imperios capitalistas comerciales europeos.
 
La revolución francesa, además de reestructurar a Europa, tuvo un formidable impacto en el nuevo mundo. Fue un factor que promovió e impulsó los estallidos sociales en Santo Domingo que condujeron a la primera rebelión victoriosa de un pueblo negro en el mundo colonial. La rebelión de Haití fue una consecuencia de la revolución en la "madre patria". La precipitó la ofensiva del Tercer Estado contra el antiguo régimen. Después que la burguesía francesa encabezó el asalto contra la monarquía y la burocracia absolutista en la metrópoli, los dueños de las plantaciones de la isla de Santo Domingo la siguieron de inmediato.
 
De ninguna manera era un episodio insignificante. Haití desempeñaba un papel considerable en la vida económica y política de Francia. Antes de 1789, la isla era la colonia más lucrativa y próspera del mundo. Era una pieza clave de la economía del Atlántico y de lejos el mercado más importante del hemisferio occidental. El comercio de sus productos (azúcar, índigo, algodón, pieles, melazas y ron) era la fuente de inmensas riquezas tanto para el gobierno como para la burguesía de Francia.
 
El sector de la burguesía francesa vinculado a este comercio ultramarino entre la metrópoli y sus colonias se había convertido mucho antes de la revolución, en la fuerza económica más importante de Francia. Y la isla de Santo Domingo constituía la base principal de su riqueza e influencia. Los mercaderes de Marsella, Burdeos, Nantes y una docena más de puertos franceses formaban la columna vertebral de la oposición burguesa a la monarquía. Mirabeau, el primer líder de la revolución, era el diputado de Marsella en la Asamblea Constituyente.
 
Este sector de la burguesía fue el apoyo fundamental de los girondinos, la corriente que se opuso, en los momentos culminantes del proceso revolucionario, a los jacobinos. Un gran e importante grupo de terratenientes ausentistas, vinculados a la nobleza por medio de matrimonios, que residía en Francia era girondino, aunque no determinó el rumbo de la política francesa con la misma fuerza con la que las influencias y los intereses de las Antillas británicas determinaron la política en Inglaterra.
 
Cuando comenzó la revolución en 1789, la población de la mitad occidental de Santo Domingo estaba dividida en 30 mil blancos, 25 mil ex esclavos, la mayoría mulatos y medio millón de esclavos negros. La colonia estaba administrada por un gobernador, generalmente un oficial militar y aristócrata con dos regimientos bajo sus órdenes, el intendente y los consejos locales en poder de los ricos y poderosos blancos: los grandes mercaderes, los prósperos agentes de la burguesía y los hacendados de la isla. Debajo de esa élite estaban los pequeños blancos, o sea, los abogados, los notarios, los tenderos y los aventureros de todas nacionalidades.
 
Las líneas de color dividían de manera estricta a los blancos de los mulatos así como a éstos de los esclavos. Un gran número de mulatos estaba bien educado, con una próspera posición social y además tenía el derecho a poseer tierras y esclavos. Los descendientes de las mezclas de estas sangres eran clasificados en 128 divisiones en las que se tomaba en cuenta hasta la última gota de sangre ancestral.
 
El hecho determinante que presidías la vida social en Santo Domingo era el temor a los esclavos. La desconfianza entre los negros y los mulatos era tan grande como el odio que compartían contra los blancos.
 
Los esclavos importados de África eran marcados con fierros candentes en ambos lados de sus pechos. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos por igual, trabajaban en las plantaciones de azúcar desde el primer rayo de sol hasta su puesta al final del día. Era la rutina de todo el año. Vivían y eran tratados peor que a animales y como tales morían. Eran sometidos a crueldades abominables ya un terrorismo calculado, castigados durísimamente y torturados horriblemente por la más mínima falta. Se les permitía cultivar un pequeño lote de tierra para complementar sus escasas raciones. Sin embargo, un rasgo característico de su trabajo sería clave cuando hizo erupción su actividad revolucionaria y militar, a saber, su integración en conjuntos enormes de trabajadores en las plantaciones. Estas condiciones de trabajo agrícola se asemejaban mucho al trabajo de fábrica.
 
Había otros sectores de la población como los maroons,[3] término que designaba a las bandas de esclavos que escapaban a las montañas y que en forma periódica merodeaban por las plantaciones y una delgada casta privilegiada de criados de la cual provenía Toussaint L’Ouverture, el célebre líder de los jacobinos negros.
 
El movimiento revolucionario se desarrolló en tres oleadas, cada una alimentándose de sectores diferentes de la sociedad hasta que el oleaje llegó y estremeció a lo más profundo. La primera fase fue escenificada por la contienda por el poder entre los blancos, los poderosos contra los más débiles. Después siguió la fase en la que intervinieron los ex esclavos, ya hombres libres, que, sin embargo, exigían derechos civiles que hasta entonces sólo eran para los blancos.
 
En 1791 la Convención Nacional les concedió todos los privilegios como ciudadanos franceses. Esta resolución fue rechazada violentamente por los blancos de la isla y pidieron a París la derogación que, en efecto, fue revocada. Por último, en agosto de 1791, los esclavos de las plantaciones se rebelaron, estalló la insurrección y los mulatos se unieron a ella.
 
Es una tarea enorme la descripción detallada de todos los cambios en los alineamientos sociales, los complejos y truculentos procesos que se dieron para llegar y romper acuerdos entre las diversas fuerzas protagonistas del movimiento insurgente en los doce años que duró la revolución. Sin embargo, para nuestro propósito no es necesario hacer la descripción detallada de este proceso. La mayor parte del material de este capítulo tiene su fuente en el libro clásico que relata la historia de estos acontecimientos, The Black Jacobins (Los jacobinos negros) del marxista jamaiquino C.L.R. James, cuya lectura recomiendo calurosamente. Su traducción al español es una urgente necesidad para la comprensión cabal de la revolución de independencia de las naciones caribeñas y latinoamericanas en general.
 
Por tanto, paso a continuación a referirme a los principales problemas que se planteó la revolución democrática en el curso de su desarrollo. Estos problemas asumieron rasgos peculiares muy diferentes a los de cualquier otro país.
 
La cuestión central, lógicamente, alrededor de la cual giraba todo el torbellino revolucionario era la de la esclavitud. ¿Se mantendría o se aboliría? No obstante lo anterior, irónicamente, esta cuestión fundamental no se planteó de manera inmediata. Todo lo contrario. Fue ignorada, suprimida o puesta al margen por las autoridades de ambos lados del Atlántico hasta que los mismos esclavos –y los sans-culottes de París– la pusieron en el centro de la escena política con sus acciones insurgentes.
 
La primera y principal preocupación de la burguesía era la cuestión de la sucesión del poder: ¿cuál sector de las clases altas tomaría el poder previamente en manos de la aristocracia del antiguo régimen? Esta cuestión era tan relevante en la colonia como en Francia misma. Los grandes mercaderes, los prósperos agentes de la burguesía marítima y los dueños de las plantaciones luchaban contra los pequeños blancos por el derecho a gobernar. La burguesía gubernamental trataba de equilibrarse entre estas dos fuerzas, inclinándose más bien del lado de los pequeños blancos en una lucha que no pudo llegar a su conclusión.
 
Las fuerzas racistas blancas debieron reconocer rápidamente que tenían un competidor, una tercera fuerza en discordia que eran los mulatos y los negros libres, que buscaban compartir el poder. Este reto obligó a los blancos a cerrar filas ante la amenaza que venía de abajo. Los dos campos estaban muy parejos y ninguno contaba con la fuerza suficiente capaz de imponer su hegemonía durable y estable en la medida que la revolución continuaba a tambor batiente en la misma Francia.
 
Las tres fuerzas sociales anteriores no se proponían ni les interesaba cambiar la situación de esclavitud de los trabajadores negros. Pero dicha posición compartida por las tres fuerzas se frustró y desequilibró por completo cuando los esclavos se alzaron por su propia cuenta. La entrada de esta poderosa fuerza armada en la arena marcó una nueva y más profunda división de la lucha por la supremacía.
 
Fue en este momento crítico de viraje cuando el levantamiento social desde lo más profundo cambió todo el panorama. La cuestión de la dominación política, de cuál clase o, con más precisión, cuál capa de los sectores dominantes y propietarios, sería la que llegaría al poder supremo en la isla, cuestión que había dominado la guerra civil en los primeros años de la revolución, cedió su lugar a una cuestión más amplia y social, la cuestión de la propiedad. A partir del levantamiento de los esclavos, tanto los propietarios blancos como los negros se confrontaban con la cuestión de la propiedad de los seres humanos que luchaban por liberarse.[4]
 
La abolición de la esclavitud era el punto central del programa democrático de la revolución, su contenido social más profundo. La Declaración de los Derechos del Hombre que prometía y concedía la igualdad política y legal a los ciudadanos franceses contenía para los negros una dimensión más profunda. Significaba liquidar las cadenas de la esclavitud y convertirse en un persona, un ciudadano libre de la república.
 
En los primeros años de la revolución ni la monarquía, ni la burguesía conservadora en Francia o en la colonia estaban dispuestas a modificar la condición de los esclavos negros que eran el fundamento de su propiedad, riqueza y poderío. La nobleza colonial logró el reconocimiento de sus representantes quienes se sentaron al Iado de los diputados de la metrópoli en la Asamblea Nacional. Ese hecho era un precedente pues era la primera vez que se reconocía la representación colonial. Pero eso fue todo. La igualdad de derechos no sería reconocida a los esclavos. Tales derechos fueron concedidos a regañadientes a los mulatos para mantener a salvo la colonia y en su lugar a los esclavos.
 
La situación cambió drásticamente como consecuencia de dos poderosos movimientos de masas. El primero fue la insurrección de los esclavos en agosto de 1791, el otro fue la conquista del poder de los sans-culottes en 1792-1793. Los plebeyos parisinos al principio de la revolución no conocían ni se interesaban de la cuestión colonial y en especial la de la esclavitud, asuntos que consideraban de la atención exclusiva de las clases más altas. Pero la erupción del entusiasmo democrático y fraternal surgido al calor de la dictadura plebeya de los jacobinos, permitió crear el clima adecuado para que la Convención Nacional tomara la decisión de abolir la esclavitud y la trata de negros en general en 1793.
 
Los esclavos de las plantaciones se habían levantado en armas dos años antes y los mulatos se les habían unido. Después de dos años de cruel y costosa lucha, conquistaron su emancipación. Desde ese momento las fronteras de la libertad en Francia quedaron atadas en un sólo nudo con la causa de la emancipación de los negros.
 
El reconocimiento legal de su libertad por el gobierno francés colocó a los negros en un lugar clave en el proceso de la revolución y garantizó su lealtad a la república, a pesar de la tardanza con que se dio. Pero fue entusiastamente bienvenida porque era la realización de un sueño largamente acariciado. Durante 200 años en las celebraciones de medianoche de su culto africano del vudú habían cantado y bailado al son de esta canción: "Juramos destruir a los blancos y a todas sus posesiones. Muramos antes de faltar a este juramento".
 
Por fin habían logrado su emancipación por medio de su insurrección, corriendo el peligro de ser aniquilados por la sangrienta represión de los esclavistas. Mucho más debía hacerse todavía para realizar una reconstrucción plenamente democrática de la sociedad y el estado. La abolición de las relaciones básicas de propiedad y de producción con los destacamentos negros organizados, armados y en marcha planteó en forma aguda el problema del poder del estado a todas las fuerzas contendientes. ¿Quién gobernaría: el gobierno francés, las fracciones de blancos, los mulatos o los negros?
 
Esa era la cuestión crucial que quedó abierta cuando la esclavitud quedó fuera de la ley en 1793. Serían necesarios muchos años de guerra civil antes de que se encontrara una solución definitiva.
 
Prevalecía en el país una situación de doble poder. Por una parte se encontraba la tradicional e institucional autoridad del régimen colonial, cimbrada y sacudida hasta sus cimientos y puesta en duda por los cambios gubernamentales ocurridos en la misma metrópoli. Por el otro, confrontaban a esa autoridad colonial los formidables ejércitos de esclavos con sus líderes. Unos tras otros se hacían y se agotaban los intentos de negociación de pactos que fueran aceptados por las fuerzas de clase en pugna pues sus diferencias y sospechas mutuas no se superaban. El conflicto que las contraponía era, en verdad, irreconciliable. Ambos lados permanecieron en una batalla constante durante los doce años que duró la revolución. La correlación de fuerzas cambiaba sin descanso con las fortunas que determinaban los enfrentamientos militares y la naturaleza transitoria de las alianzas que se forjaban.
 
En 1801, Toussaint L’Ouverture encabezó la toma del poder por los esclavos y se estableció una forma de gobierno constitucional. Esta dictadura democrática fue el primer gobierno, aunque no formalmente con su propio nombre, de una nación independiente. Toussaint se rehusaba a romper todos los vínculos con Francia, país que seguía considerando la cuna de la revolución, algo así como Tito veía a la Unión Soviética antes de 1948, cuando rompió con Stalin.
 
La actitud de Toussaint no disipó las sospechas de Napoleón, quien estaba decidido a derrotar al gobierno del primero y a restaurar la esclavitud en la colonia. Para lograr ese objetivo envió a la isla al general Leclerc, su cuñado, con 25 mil tropas, engrosados con más refuerzos posteriormente, para echar atrás las conquistas de la revolución. Los ejércitos esclavos resistieron fieramente y a la larga, el derrotado Leclerc, con sus tropas diezmadas por las enfermedades, le propuso un trato a Toussaint. Éste fue engañado por las solemnes garantías del militar bonapartista para que depusiera las armas e inmediatamente después fue detenido y enviado a Francia, donde murió en prisión en 1805.
 
Furiosos ante esta traición, los negros reanudaron su lucha de independencia bajo el liderazgo de Dessaline. Los franceses se vieron obligados a evacuar la isla en 1803 ante la presencia en las costas de una flota británica. La independencia fue proclamada el año siguiente y Dessaline nombrado gobernador vitalicio. Su gobierno se inició con la masacre de todos los blancos franceses, salvándose de correr la misma suerte los blancos ingleses y estadounidenses debido a la presencia de los británicos que intercedieron por ellos. Era la terrible represalia de los negros por tanta sangre derramada, por todas las brutalidades y traiciones de las que habían sido víctimas.
 
Detengámonos en señalar una diferencia importante entre la lucha por la independencia en las colonias norteamericanas y en Santo Domingo. A diferencia de las primeras en las cuales el objetivo de la independencia nacional de Inglaterra estuvo desde un principio en el centro de la revolución norteamericana, en el caso de Santo Domingo surgió como objetivo fundamental sólo hasta el momento climático del conflicto con Francia. La cuestión candente de la esclavitud fue la prioritaria desde el inicio de la lucha sobre todos los demás problemas; posteriormente los esclavos llegaron a identificar su causa con la de la revolución francesa y con la política de los jacobinos; después se vieron obligados a forjar alianzas militares provisionales con las potencias enemigas de Francia, Inglaterra y España. Toussaint se dirigía hacia la independencia y su constitución en efecto era la de un estado autónomo sin que se proclamara abiertamente la ruptura con Francia.
 
Pero la truculencia de la trayectoria de Toussaint sería su perdición. Desorientó a sus seguidores e incitó la ocupación de Napoleón. Sólo después de su muerte Dessaline enarboló la bandera de la independencia, bandera que lucieron suya las masas negras emancipadas. Así, mostraban que comprendían cual era la meta política lógica de su lucha contra los franceses esclavistas. Éstos últimos formalmente debieron aceptar el hecho consumado y se retiraron completamente de la isla y reconocieron la soberanía del nuevo país, Haití. El autogobierno era pues, la culminación del proceso que se había iniciado con la emancipación de los esclavos.
 
La liberación nacional lograda bajo la dirección de Dessaline, culminó las conquistas de los negros bajo Toussaint. Su movimiento había destrozado la vieja estructura del estado y creado un ejército revolucionario disciplinado, cuyo apoyo en el pueblo trabajador era firme y seguro. Su régimen no era parlamentario, surgido del sufragio popular; era una dictadura revolucionaria de hombres liberados que en su proceso de autoemancipación iban conquistando libertades que jamás habían conocido, lo cual no era difícil pues antes de 1789 carecían de todo.
 
Desde lo más profundo del abismo los esclavos negros se habían erguido con exorbitantes y heroicos esfuerzos al estatuto de clase dominante. Cuando el proceso se inició los propietarios blancos estaban firmemente colocados en la cúspide y los negros amontonados en lo más bajo del sótano social. Cuando culminó la revolución los blancos habían sido completamente derrotados y aniquilados y los negros eran los dueños indisputados de la isla. No hay otro acontecimiento en la historia del capitalismo que se compare con éste en la radicalidad de sus transformaciones. La República de Haití, establecida por los ex esclavos negros, fue, junto los Estados Unidos, la primera sociedad post-colonial y, por supuesto, también el primer estado moderno de población negra.
 
La cuestión de la propiedad era una cuestión que se componía de varios factores. La primera se refería a la esclavitud. La revolución abolió la propiedad sobre las personas. Pero la abolición de la propiedad planteó el problema de la propiedad de las grandes plantaciones en donde trabajaban los esclavos. Una vez emancipados, ¿cuáles serían las nuevas condiciones en que trabajarían los antiguos esclavos, convertidos en agricultores libres y como se emprendería nuevamente la producción agrícola?
 
Al principio, antes de que se expropiaran las grandes haciendas, los dueños de las mismas establecieron con los trabajadores negros la tradicional relación entre el patrón y sus trabajadores asalariados. Pero cuando los franceses fueron expulsados, Toussaint se confrontó con colosales problemas y debió imponer medidas draconianas para superados. Las plantaciones azucareras eran empresas colectivizadas. El peligro residía en que los negros se deslizaran a la práctica del cultivo de un pequeño lote de tierra, produciendo sólo lo necesario para sobrevivir, tal y como sucede con el campesino pobre mexicano y latinoamericano en general.
 
Toussaint no permitiría que se destruyeran las grandes haciendas. Decidió vincular el interés de los trabajadores con su trabajo dándoles un salario de subsistencia y al final del año una cuarta parte del producto de las haciendas. Los generales al mando de los distritos eran los responsables de la organización de los trabajadores y de la prosperidad de las cosechas. Confinó a los negros en las plantaciones so pena de rígidos castigos. Estaba en el centro de una lucha colosal consistente en la transformación de una población de esclavos en una comunidad de trabajadores libres y libraba esta batalla del único modo que le era dable concebir. Se aseguró que los obreros recibieran el cuarto del producto y que el día de trabajo comenzara a la cinco de la mañana y terminara a la cinco de la tarde.
 
Haití es, debido a sus divisiones sociales, un caso instructivo de la intrincada interacción de los conflictos de clase y raciales en una revolución democrática. Las relaciones entre las razas se daban en cinco diferentes direcciones: la actitud de los blancos hacia los mulatos y recíprocamente de estos hacia aquellos; las relaciones de los mulatos hacia los esclavos y las de los negros hacia los mulatos y los blancos. Todas estas relaciones sufrieron fluctuaciones significativas en el curso de la revolución, dependiendo de los intereses materiales en juego que cada capa se veía obligada a proteger y a promover.
 
Los "grandes y pequeños blancos"[5] que arrebataron el poder a la corona después de la caída de La Bastilla, habían sometido a los criollos a la más dura discriminación antes de la revolución, a pesar de que muchos de estos últimos eran más ricos, más educados y más sofisticados que ellos. Estaban decididos a mantener a los mestizos en ese lugar, sin concederles los derechos del ciudadano y sin tomar en cuenta sus demandas. Esto dejó a los mulatos sin ninguna alternativa, alineándose con la burocracia realista en el proceso de la guerra civil que se desencadenó a continuación. Pero después que los realistas triunfantes aplastaron a los patriotas, ellos también les dieron la espalda a los mulatos, quienes, por tanto, se vieron obligados a organizar su propia insurrección.
 
Después del fracaso de su intento de insurrección, los líderes de los mulatos fueron juzgados, torturados, ejecutados y sus pertenencias confiscadas. Su sentencia de muerte se ejecutó en la horca, la cual fue colocada en la plaza central en el lado opuesto al lugar en el que los blancos habían sido ejecutados anteriormente. La división racial era mantenida incluso en la muerte.
 
En los años siguientes, los mulatos fueron de un lado a otro en sus alianzas, en algunas ocasiones aliándose con los blancos contra los negros puros y en otra con los esclavos negros contra los blancos. Los cambios en sus alianzas militares y tácticas estaban motivadas en cada situación, no tanto por simpatías y antipatías raciales, sino por lo que consideraban más conveniente para sus intereses materiales. En el conflicto final resultó que los negros y los criollos se unieron contra los blancos para conquistar la independencia. Y siempre que la amenaza de intervención extranjera se levantaba en el horizonte, ambos grupos estuvieron siempre unidos contra ella.
 
Los intereses raciales y clasistas del medio millón de esclavos negros coincidían del todo en la insurrección contra los hacendados blancos. Ella fue la palanca más poderosa que condujo a la abolición de la esclavitud. Pero el color de la piel no podía determinar por si solo si había que luchar con los republicanos contra los realistas, con los blancos contra los mulatos o con éstos contra aquellos, con los españoles y los ingleses contra los franceses o viceversa. Tales decisiones debían darse sobre bases diferentes a las raciales, o sea, teniendo en cuenta consideraciones militares, sociales, políticas o económicas.
 
Estos factores eran en ocasiones más determinantes que los más profundos prejuicios raciales no sólo entre los negros y sus dirigentes sino también en el caso de los mulatos y los sectores blancos contendientes. La combinación de colores más abigarrada y peculiar se podía encontrar en los alineamientos clasistas en constante cambio y en las alianzas con el gobierno colonial que se dieron durante el transcurso de la revolución.
 
La lucha haitiana, por tanto, no fue una guerra racial, como se la describe en ocasiones. En lo más profundo e intenso de la lógica de su desarrollo mostró su real naturaleza: fue una guerra de clases que se originó por la codicia de la burguesía francesa que bregó hasta el final por mantener primero y restaurar después, la esclavitud y su privilegiada posesión colonial.
 
La independencia nacional era un objetivo de la revolución democrática que estaba inseparablemente vinculado al objetivo de lograr la unidad nacional. La isla de Santo Domingo estaba dividida entre los españoles y los franceses. Con motivo del tratado de 1795, Francia se convirtió en la potencia colonial dueña de toda la isla que fue, sin embargo, invadida por fuerzas británicas. Toussaint echó fuera a los ingleses en 1798, Uniendo así a toda la isla. Aunque Napoleón prohibió a Toussaint anexarse la colonia, éste derrotó a los españoles y se hizo dueño de toda la isla. La unidad nacional fue posible por la revolución hasta que los españoles volvieron a imponer su dominación en la parte oriental de la isla que posteriormente se convirtió en el país Santo Domingo y finalmente en la actual República Dominicana.
 
Incluso antes que los ocupantes fueran derrotados militarmente y se debieran retirar y también antes que las amenazas periódicas de invasión y ocupación por parte de los ingleses y los españoles hubiesen sido conjuradas, se planteaba el problema de qué tipo de gobierno reemplazaría al régimen colonial. Bajo las circunstancias imperantes de incesante guerra civil, de las intervenciones y devastaciones extranjeras que convirtieron a la isla en un desierto, de los desastres complementados con la secuencia de drásticos cambios gubernamentales en la misma Francia, una dictadura militar de uno u otro tipo, con algunos maquillajes constitucionales, era el único tipo de gobierno posible. La verdadera alternativa era si la dictadura militar se apoyaría en las masas insurgentes o en una potencia extranjera.
 
Toussaint ha sido llamado también el "Cromwell negro" y; en efecto, había muchas características semejantes entre estos dos hombres y entre los predicamentos que debieron enfrentar. Pero el gobierno de Toussaint tuvo un carácter mucho más popular y progresista que el Protectorado cromwelliano que se fundamentó en el aplastamiento de los Levellers (niveladores) y que entregó el poder político a los grandes propietarios de la ciudad y el campo. La dictadura más democrática de Toussaint se apoyaba en la masa de ex esclavos emancipados y debía confrontarse a gigantescas adversidades. Inglaterra era también una isla, pero esa era la única característica que tenía en común con Haití, pues era un país europeo imperial y esta última una nación caribeña colonial. La constitución abolió la esclavitud para siempre y concedió a Toussaint la gubernatura vitalicia con el poder de designar a su sucesor. La exclusión de funcionarios franceses del gobierno fue equivalente a la independencia virtual y fue lo que motivó a Napoleón a planear el golpe para eliminar al poderoso líder revolucionario negro, quien era su par en estatura y en realizaciones.
 
La marcha de los acontecimientos en Haití no puede separarse de lo que sucedía simultáneamente en Francia. Los ataques del Tercer Estado a la monarquía y el asalto a La Bastilla en 1789 detonaron la insurrección de los colonialistas blancos. La afinidad directa de la radicalización de las dos revoluciones fue aún más drásticamente demostrada en la coincidencia de las victorias de los sans-culottes y los jacobinos en París y la emancipación de los esclavos en 1793. La interrelación de las fases sucesivas de las revoluciones quedó aún más reafirmada, aunque de manera negativa, en los intentos estériles de Napoleón por eliminar las conquistas de los hombres liberados. Así como el avance de la revolución democrática en Francia beneficiaba a los negros, sus retrocesos dañaban su causa.
 
Esta relación que se estableció entre la revolución francesa y la rebelión de los esclavos negros de la isla de Santo Domingo fue el ejemplo más notable que hubo en todo el curso de la civilización burguesa de una revolución combinada.
 
El levantamiento antifeudal y democrático más importante del siglo XVIII, que se desarrolló en el país más avanzado de Europa occidental, se vinculó de manera estrechísima con una rebelión de esclavos en las colonias, o sea, con una forma de producción característica de la etapa más primitiva de la sociedad clasista. Esta unidad paradójica de insurrección de masas que pertenecían a eras muy diferentes de la historia, es el ejemplo sobresaliente de la dinámica de la ley del desarrollo desigual y combinado, ley que constituye una de las características más generales de la lucha de clases moderna.
 
Los esclavos romanos demostraron que fueron incapaces de emanciparse por ellos mismos, no obstante las numerosas insurrecciones que protagonizaron. Los esclavos negros de Haití, por el contrario, sí lograron liberarse y triunfaron en su impulso por hacerse dueños del país que habitaban. Fue una hazaña sin paralelo en la historia. Una clase desconocida para la política europea ascendió a la supremacía y Haití se convirtió en el primer país americano que abolió la esclavitud y; además, con métodos revolucionarios.
 
Sus repercusiones internacionales se lucieron sentir en la región y en el mundo. Los británicos aceleraron el curso para efectuar la emancipación de los esclavos en sus posesiones antillanas. Y en tiempos más recientes y en tierras más lejanas, el espectáculo de los negros armados, organizándose, dotándose de direcciones capaces y derrotando a uno de los estados imperiales más poderosos de su tiempo, ha sido desde entonces una fuente de inspiración para los revolucionarios africanos de nuestro tiempo.
 
La revolución negra de Santo Domingo fue el primer gran golpe histórico dado a la noción de la supremacía blanca y fue propinado por combatientes de la raza negra. En la perspectiva de la historia mundial esta lucha de los esclavos negros de la isla caribeña, debe ser considerada como un combate precursor en la era de la revolución democrática de la revolución colonial permanente que caracterizó al siglo XX.
 
 
** De maroon deriva cimarrón. “En Latinoamérica, se llamó cimarrón a los esclavos rebeldes, algunos de ellos fugitivos, que llevaban una vida de libertad en rincones apartados de las ciudades o en el campo denominados palenques.”
http://es.wikipedia.org/wiki/Negro_cimarrón
 
“Como extensión, el término fue usado en América colonial para describir a los esclavos que escapaban de su cautiverio. En Cuba, Jamaica y algunos países sudamericanos (Colombia, Venezuela, etc.) el término cimarrón está asociado con los esclavos negros fugitivos que llevaban una vida de libertad en rincones apartados de los centros urbanos.
El escritor cubano Miguel Barnet escribió una novela que viene a ser la autobiografía dictada del cimarrón Esteban Montejo. La existencia de este peculiar grupo humano resulta muy interesante y debería de ser objeto de más investigación y publicaciones. Los cimarrones son un ejemplo en primera instancia del valor de los negros esclavos que no estaban dispuestos a aceptar sin ninguna oposición el yugo de un amo esclavista. El capítulo de la esclavitud es uno muy triste en todos los países en que tuvo lugar y ha dejado sus secuelas sociales en todos. La Iglesia (en la casi generalidad de sus denominaciones) aprobó este tipo de servidumbre y además le encontró una justificación bíblica.
En Cuba la palabra cimarrón esta asociada también con otros dos vocablos: palenque y rancheador. Palenque era el nombre de los asentamientos de los cimarrones y rancheador era la persona contratada por los propietarios de esclavos para rastrear y capturar a los esclavos fugitivos. Parece que en sus inicios el término se aplicaba solamente al ganado salvaje u otro animal generalmente doméstico que había huido a la vida salvaje en libertad. Sin embargo con posterioridad en Cuba se adoptó preferiblemente el vocablo jíbaro para definir esos animales usualmente domésticos que se criaban en condiciones salvajes. Parece también que la palabra cimarrón se empleó de forma menos frecuente con los indios fugitivos. En todo caso, la mejor traducción al inglés de la palabra cimarrón tal como se entiende en Cuba sería maroon.”
http://es.wikipedia.org/wiki/Cimarrón.

 


[1] Véase el Capítulo V: La naturaleza de la primera Revolución Americana.[2] La isla de Santo Domingo, la segunda más grande del Caribe, estaba dividida en dos cuando ocurrió la rebelión de los esclavos negros de la que se ocupa el presente capítulo: la parte oriental que ocupaba un poco más de la mitad de la isla seguía siendo una colonia española y la parte occidental estaba en poder de Francia (por lo que se le conocía también, por supuesto, como Saint-Domingue). La revolución antiesclavista se desarrolló principalmente en esta última parte, donde surgió la primera república negra de la historia y la segunda del hemisferio occidental, la república de Haití.
 
[3] Literalmente granate, muy rojo** 
[4] Algo similar ocurrió en la guerra civil de Estados Unidos cuando la cuestión constitucional sobre quien dominaría en Washington surgió tajantemente entre las dos fuerzas en pugna, la burguesía industrial y los hacendados. Políticamente se expresó en el debate principal que prevaleció entre los unionistas y los confederados durante todo el periodo inmediatamente anterior y al inicio de la secesión. Pero todo cambió por completo cuando el presidente Lincoln lanzó la Proclama de la Emancipación de los negros, dos años después del estallido de la guerra y decidió aceptar a negros en el ejército.[5] Se refiere a los franceses o a sus descendientes blancos, términos equivalentes al usado en la Nueva España para denominar a los españoles, "peninsulares". "Criollo", creole en francés, por tanto, en Haití, es un término equivalente a mulato o mestizo.

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26 de Enero de 2010 www.enlacesocialista.org.mx