Cuba/II Parte/ burocracia y fuerzas contrarrevolucionarias
Correspondencia de Prensa
25 de julio 2010
Colectivo Militante - Agenda Radical
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En ese lapso se habían producido ya varias depuraciones: en primer lugar, la de la burguesía cubana y sus servidores, que en ondas sucesivas huyeron a Miami, dando de paso homogeneidad política y social a la inmensa mayoría del pueblo cubano, que es independentista, antimperialista y por muchos años comenzó a luchar contra el capitalismo con una visión internacionalista. La otra depuración, en el marco del aparato burocrático, fue la liquidación del grupo más sectario y ligado a los soviéticos en el aparato estatal cubano –la “microfracción” del secretario de organización del partido, Aníbal Escalante–, pues la misma quería transformar a Cuba en un seudo Estado independiente de la URSS, como los de Europa Oriental, a pesar de que el sometimiento incondicional al Kremlin desde hacía rato hacía aguas en el mundo, con la rebelión yugoslava de 1948, la húngara de 1956, la crisis con China y con los principales partidos comunistas europeos. La originalidad de la revolución en la isla consistió en que fue parte de la revolución anticolonialista mundial y se hizo en tiempos de crisis profunda del estalinismo y después de la muerte de Stalin.
Recuerdo todo esto, que es conocido pero, en los hechos, olvidado o mistificado, para subrayar algunos puntos esenciales: un gobierno revolucionario asume el control de un país capitalista, en el que aún no tiene base social sino que debe construirse una concepción contrahegemónica, anticapitalista, socialista. El poder, sobre todo en los pequeños países dependientes, está todavía en buena medida en manos del capital internacional que, con el mercado mundial, su tecnología y sus finanzas, domina y arrastra a la escasa y débil burguesía nacional, que se fusiona con aquél y es antinacional. En Cuba el capitalismo no reside en una burguesía que huyó del país y se ubicó en Miami, sino en la dependencia del mercado mundial capitalista y en la influencia cultural hegemónica capitalista, heredada junto con el aparato del Estado por el gobierno revolucionario, que es continuamente frenado por el espesor sociocultural de aquél, entre otras cosas porque a la tradición del aparato estatal capitalista se agregó el burocratismo importado de los soviéticos. En Cuba hay lucha por construir el socialismo, voluntaria y conscientemente, pero no hay socialismo porque éste es imposible en una pequeña isla poco poblada, tal como fue imposible en la vasta Unión Soviética, y se construye recién cuando la sociedad autorganizada comienza a diluir el aparato habitual del Estado y a asumir muchas de sus funciones, cosa que no sucede hoy ya que el aparato de Estado se refuerza y constituye lo que –Lenin decía– imperaba en los primeros años en la Unión Soviética, o sea, un capitalismo de Estado con un gobierno anticapitalista: un capitalismo sin capitalistas.
La burocracia es en cierta medida inevitable no sólo por la escasez y el atraso técnico, que le da un papel de intermediario, sino también porque en un largo periodo de transición subsiste la diferenciación entre “los que piensan y deciden” y “los que ejecutan”. Para controlarla políticamente, aunque no sea muy fácil controlarla en su papel de intermediaria en un régimen de escasez acentuado por el bloqueo imperialista, no hay otra arma que la participación consciente y militante y el control de los trabajadores en todas las instancias de la vida: social, cultural, económica, productiva, en la elaboración de planes, en la supervisión constante de los mismos. La lucha burocrática contra la burocracia –inspectores, comisiones, evaluaciones, etcétera– es necesaria pero insuficiente. El único antídoto antiburocrático es la democracia plena en el partido y en toda la vida social y política, con la consiguiente posibilidad de discutir en aquél, de disentir, de hacer contrapropuestas y con la consiguiente libertad, respetando siempre la defensa del país sitiado, para quienes disienten pero no organizan acciones contrarrevolucionarias. El intento de sustituir las decisiones de los trabajadores mediante un aparato “iluminado” fomenta la ineficiencia y la corrupción, además del amiguismo. O sea, elementos culturales capitalistas, no socialistas. Y el esfuerzo por acallar voces revolucionarias disidentes, partidarias de la autogestión, lleva a la pasividad política, al desarme ideológico. Todo eso es contrarrevolucionario, sobre todo en un periodo en que Cuba y la lucha por la liberación nacional y social se preparan a sufrir duras pruebas debido a la situación mundial. Democracia plena y autogestionaria: ese es el remedio contra la burocracia, que es la principal fuerza contrarrevolucionaria.