Crisis ecológica y cambio climático
Crisis ecológica, capitalismo, altermundismo
–Un punto de vista ecosocialista
Michael LOWY
1º septiembre 2008
Crisis ecológica y cambio climático
La crisis ecológica planetaria alcanzó un cambio decisivo con el fenómeno del cambio climático. Primera constatación: todo se acelera más rápidamente de lo previsto. La acumulación de gases invernadero, el alza de la temperatura, la fundición de los glaciares polares y de las “nieves perpetuas”, las sequías, las inundaciones: todo se precipita, y los balances de los científicos, apenas secada la tinta de los documentos, se revelan demasiado optimistas. Ahora se inclinan, cada vez más, hacia escalas más elevadas, en las previsiones para los diez, veinte, treinta próximos años. A eso es necesario añadir algunos peligros, todavía poco estudiados, pero que corren el riesgo de provocar un salto cualitativo en el efecto invernadero y un descontrol irrefrenable del recalentamiento del planeta: me refiero a los 400 miles de millones de toneladas de CO2 por el momento aprisionados en el permafrost (permagel o permacongelamiento), esta tundra congelada que se extiende de Canadá a Siberia. Si los glaciares comienzan a fundirse, ¿por qué el permafrost no se fundiría también?
Existen algunos otros escenarios de riesgo, por ejemplo, si la temperatura sobrepasa los 2°/3° grados: los científicos evidentemente elaboran cuadros catastróficos, pero ya se saben los riesgos de ello: elevación del nivel del mar, con inundaciones, no solamente de Dacca y otras ciudades costeras asiáticas, sino también de… Londres y Nueva York. Desertización de las tierras, a una escala gigantesca. Falta de agua potable. Catástrofes “naturales” (huracanes, maremotos, etc.) en serie. Se podría alargar la lista. A partir de un determinado nivel de la temperatura -seis grados, por ejemplo-, ¿la tierra será todavía habitable para nuestra especie? Desgraciadamente, no disponemos actualmente de un planeta de reemplazo en el universo conocido de los astrónomos
¿Quién es responsable de esta situación, inédita en la historia de la humanidad? Es el Hombre, nos responden los científicos. La respuesta es justa, pero un poco limitada: el hombre vive sobre Tierra desde hace milenios y la concentración de CO2 ha comenzado a convertirse en un peligro desde hace algunas décadas solamente. Como marxistas, respondemos esto: la falta incumbe al sistema capitalista, a su lógica absurda e irracional de expansión y acumulación al infinito, su productivismo obsesionado por la búsqueda de beneficio.
¿Cuáles son, entonces, las propuestas, las soluciones, las alternativas propuestas por los “responsables”, las élites capitalistas dirigentes? Es poco decir que no están a la altura del reto. A veces hacen el ridículo: qué decir de la última reunión del G8 (junio de 2007), ese pomposo encuentro de las potencias de este mundo, en el se que decidió solemnemente, con el acuerdo de George Bush, la Unión Europea, Japón y el Canadá -los grandes contaminadores del planeta- que era necesario “tener en cuenta seriamente” la propuesta de reducción de las emisiones de CO2. ¿No es formidable? Por otra parte Nicolas Sarkozy se felicitó ruidosamente de haber convencido a George W. Bush de incluir, in extremis, el adverbio “seriamente” en la resolución… [1]
Otro ejemplo luminoso: la fundición de los glaciares del Polo Norte se produce más rápidamente que lo previsto: según las últimas observaciones científicas, (octubre de 2007), se prevé su completa disolución ¡no hacia 2050 sino hacia 2020! Ello tiene el riesgo de consecuencias dramáticas; por una parte, un efecto de retroalimentación (feed-back); mientras que el hielo refleja, como un espejo, el calor solar, el mar o la tierra lo absorben, intensificando de esta manera el cambio climático; por otra parte, el peligro, a largo plazo, de una elevación del nivel del mar que sumergiría a países enteros (un riesgo real para los Países Bajos, según un informe de la Unión Europea). Ahora bien, ¿qué hacen los gobiernos limítrofes de la región, los EE.UU, Rusia y el Canadá? Se disputan, a golpes de expediciones militares patrióticas, el trazado de las respectivas zonas de soberanía, para la futura explotación de petróleo que yace actualmente bajo los glaciares…
¿Y qué decir de los acuerdos de Kioto, expresión de los gobiernos (burgueses) “más esclarecidos”, desde el punto de vista ecológico? Su dispositivo central, el “Mercado de los Derechos de emisión”, se reveló como una operación tragicómica: las cuotas de emisión distribuidas por los “responsables” eran tan generosas que todos los países han terminado el año 2006 con grandes excedentes de “derechos de emisión”. Resultado: el precio de la tonelada de CO2 se hundió de 20 euros en 2006 a menos de un euro actualmente… Es digno de mención también el último remedio milagroso, elaborado por Bush y Lula, pero que interesa también a Europa: sustituir al petróleo -de todos modos, destinado a agotarse- por los agro-combustibles (agrocarburantes). Los cereales o el maíz, más que alimentar al pueblo muerto de hambre del Tercer mundo, ahora llenarán los tanques de los coches de los países ricos. Según la FAO (Food and Agricultura Organización) de las Naciones Unidas, los precios de los cereales ya aumentaron considerablemente, debido a la importante demanda de los agro-combustibles, condenando al hambre a millones de personas de los países pobres. Sin hablar de que debido a la producción de estos combustibles -que exigen fertilizantes, pesticidas, etc.-, se corre el riesgo de producir tanto CO2 como el que producen las energías fósiles.
La gran contribución de la ecología fue -y es aún- hacernos tomar conciencia de los peligros que amenazan el planeta como consecuencia del actual método de producción y consumo. El crecimiento exponencial de las agresiones al medio ambiente, la amenaza creciente de una ruptura del equilibrio ecológico configuran una situación-catástrofe que pone en cuestión la supervivencia misma de la vida humana. Estamos confrontados a una crisis de civilización que exige cambios radicales.
El problema es que las propuestas avanzadas por la mayoría de las ONG y por las corrientes dominantes de la ecología política europea son muy insuficientes o llevan a callejones sin salida. Su principal debilidad es ignorar la conexión necesaria entre el productivismo y el capitalismo, lo que conduce a la ilusión de un “capitalismo propio” o de reformas capaces de controlar sus “excesos” (como por ejemplo, los eco-impuestos). Tomando como pretexto la imitación, por las economías burocráticas de comando (del mal llamado "socialismo real"), del productivismo occidental, se plantea que el capitalismo y el “socialismo” sólo son variantes de un mismo modelo -un argumento que perdió mucho de su interés después del hundimiento del pretendido “socialismo real”.
Los ecologistas se equivocan si piensan poder hacer caso omiso de la crítica marxiana del capitalismo: una ecología que no se da cuenta de la relación entre el “productivismo” y la lógica del beneficio está condenada al fracaso -o peor aún, a ser recuperada por el sistema. Los ejemplos no faltan… La ausencia de una postura anticapitalista coherente condujo a la mayoría de los partidos verdes europeos -en Francia, Alemania, Italia, Bélgica- a convertirse en simples socios “eco-reformistas” de la gestión social-liberal del capitalismo por los gobiernos de centro-izquierda.
Considerando a los trabajadores como irremediablemente ganados por el productivismo, algunos ecologistas volvieron un obstáculo al movimiento obrero, e inscribieron sobre sus banderas: “ni izquierda, ni derecha”. Esos ex-marxistas convertidos a la ecología declararon de manera precipitada el “adiós a la clase obrera” (André Gorz), mientras que otros (como Alain Lipietz) insisten en que es necesario dejar el “rojo” -es decir, el marxismo o el socialismo- para adherirse al “verde”, nuevo paradigma que establecería una respuesta a todos los problemas económicos y sociales.
¿Qué es, entonces, el ecosocialismo? Se trata de una corriente de pensamiento y de acción ecológica que hace suyas las adquisiciones fundamentales del marxismo -quitando sus escorias productivistas. Para los ecosocialistas la lógica del mercado y del beneficio -así como la del autoritarismo burocrático del “socialismo real”- son incompatibles con las exigencias de la salvaguarda del medio ambiente natural. Tras criticar la ideología de las corrientes dominantes del movimiento obrero, saben que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza esencial para toda transformación radical del sistema, y para el establecimiento de una nueva sociedad, socialista y ecológica.
Esta corriente dista mucho de ser políticamente homogénea, pero la mayoría de sus representantes comparten algunos temas comunes. Rompiendo con la ideología productivista del progreso -en su forma capitalista y/o burocrática- y oponiéndose a la extensión ad infinitum de un modo de producción y de consumo destructivo de la naturaleza, el ecosocialismo representa una tentativa original de articular las ideas fundamentales del socialismo marxista con los acervos de la crítica ecológica.
El razonamiento ecosocialista se basa en dos argumentos esenciales:
1) el modo de producción y consumo actual de los países capitalistas avanzados, basado en una lógica de acumulación ilimitada (del capital, los beneficios, las mercancías), de derroche de los recursos, de consumo de ostentación y de destrucción acelerada del medio ambiente, no puede en ningún caso extenderse al conjunto del planeta, so pena de una crisis ecológica mayúscula. Según recientes cálculos, si se generalizara en el conjunto de la población mundial el consumo medio de energía de los EE.UU, las reservas conocidas de petróleo se agotarían en diecinueve días. [2] Este sistema está necesariamente basado en el mantenimiento y la agravación de la desigualdad escandalosa entre el Norte y el Sur.
2) En todo caso, la continuación del “progreso” capitalista y la extensión de una civilización basada en la economía de mercado -incluso bajo esta forma brutalmente desigual- amenaza directamente, a mediano plazo (toda previsión sería peligrosa), la supervivencia misma de la raza humana, en particular, debido a las consecuencias catastróficas del cambio climático.
La racionalidad limitada del mercado capitalista, con su cálculo inmediatista de pérdidas y beneficios, es intrínsecamente contradictoria con una racionalidad ecológica, que tiene en cuenta la temporalidad larga de los ciclos naturales. No se trata de oponer a los “malos” capitalistas ecocidas a los “buenos” capitalistas verdes: es el sistema mismo, basado en una despiadada competencia, por las exigencias de rentabilidad, el que impone el curso del beneficio rápido que resulta destructivo de los equilibrios naturales. El supuesto capitalismo verde no es más que una maniobra publicitaria, una etiqueta destinada a vender una mercancía, o, en el mejor de los casos, una iniciativa local equivalente a una gota de agua sobre el suelo árido del desierto capitalista.
Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomización cosificada de la economía por el neoliberalismo, el futuro que está en juego es, para los ecosocialistas, la aplicación de una “economía moral” en el sentido que le daba E.P. Thompson a este término, es decir, una política económica basada en criterios no monetarios y extraeconómicos: en otras palabras, reconectar lo económico con lo ecológico, lo social y lo político. [3]
Las reformas parciales son completamente insuficientes: es necesario remplazar la micro-racionalidad del beneficio por una macro-racionalidad social y ecológica, lo que exige un verdadero cambio de civilización. [4]
Ello es imposible sin una profunda reorientación tecnológica, proyectándose a la sustitución de las fuentes actuales de energía por otros, no contaminantes y renovables, como la energía eólica o solar. [5]
La primera cuestión que se plantea desde esta perspectiva es, entonces, la del control sobre los medios de producción, y, sobre todo, sobre las decisiones de inversión y cambio tecnológico, que deben ser arrancadas a los bancos y empresas capitalistas para volverse un bien común de la sociedad. Ciertamente, el cambio radical se refiere no sólo a la producción, sino también al consumo. Sin embargo, el problema de la civilización burguesa/industrial no es -como pretenden a menudo los ecologistas- “el consumo excesivo” de la población, por lo que la solución no es una “limitación” general del consumo, en particular, en los países capitalistas avanzados. Es, más bien, el tipo de consumo actual, fundado sobre la ostentación, el derroche, la enajenación comercial, la obsesión acumuladora, lo que debe ponerse en cuestión.
Ecología y altermundismo
-Sí, nos responderán, es simpática esta utopía, pero mientras tanto, ¿es necesario quedarse con los brazos cruzados?
-¡Ciertamente no! Es necesario llevar una batalla en cada avance que se logre, en cada medida de reglamentación, en cada acción de defensa del medio ambiente. Cada kilómetro de autopista bloqueado, cada medida en favor de los transportes colectivos, son importantes; no solamente porque retrasan el curso hacia el abismo, sino porque permiten a la gente, a los trabajadores, a los individuos, organizarse, luchar y tomar conciencia de lo que está en juego en el combate, de comprender, por la propia experiencia colectiva, que se debe llegar a la quiebra del sistema capitalista, que es necesario un cambio de civilización.
Es en este espíritu que las fuerzas más activas de la ecología se comprometieron, desde el principio, con el movimiento altermundista. Este compromiso corresponde a la toma de conciencia de que los grandes mecanismos de la crisis ecológica son planetarios y, en consecuencia, no puede ser enfrentados sino por una determinación resueltamente cosmopolita, supranacional, mundial. El movimiento altermundista es, sin duda, el más importante fenómeno de resistencia antisistémico de principios del siglo XXI. Esta extensa nebulosa, esta suerte de “movimiento de movimientos”, que se manifiesta de forma visible en los Foros sociales -regionales o mundiales- y en las grandes manifestaciones de protesta -contra la OMC, el G-8 o la guerra imperial en Irak- no corresponde a las formas habituales de la acción social o política. Con una amplia y descentralizada red, es múltiple, diverso y heterogéneo, asociando sindicatos obreros y movimientos campesinos, ONG y organizaciones indígenas, movimientos de mujeres y asociaciones ecológicas, intelectuales y jóvenes activistas. Lejos de ser una debilidad, esta pluralidad es una de las fuentes de la fuerza, creciente y expansiva, del movimiento.
Se puede decir que el acta de nacimiento del altermundismo fue la gran manifestación popular que hizo fracasar la reunión de la OMC (Organización Mundial del Comercio) en Seattle en 1999. La cabeza visible de este combate era la convergencia sorprendente de dos fuerzas: “tortugas y camioneros”, esto es: de los ecologistas identificados con las tortugas (especie en vías de desaparición) y de las sindicalistas del sector de transportes. La cuestión ecológica estaba presente, desde el principio, en el corazón de las movilizaciones contra la globalización capitalista neoliberal. La consigna central del movimiento, “el mundo no es una mercancía”, contemplaba también, evidentemente, al aire, al agua, a la tierra, en una palabra, al medio ambiente natural, cada vez más sometido al dominio del capital.
Se puede decir que el altermundismo implica tres momentos: 1) la protesta radical contra el orden de cosas existente, y sus siniestras instituciones: el FMI, el Banco Mundial, la OMC, el G-8; 2) un conjunto de medidas concretas, de propuestas que pueden ser inmediatamente realizadas: los impuestos a los capitales financieros, la supresión de la deuda del Tercer mundo, el final de las guerras imperialistas; 3) la utopía de “otro mundo posible”, fundado sobre valores comunes como la libertad, la democracia participativa, la justicia social, la defensa del medio ambiente.
La dimensión ecológica está presente en estos tres momentos: ella inspira la rebelión contra un sistema que conduce a la humanidad a un trágico callejón sin salida, así como un conjunto de propuestas precisas –moratoria sobre los OGM (organismos genéticamente modificados), desarrollo de los transportes colectivos gratuitos-, y también a la utopía de una sociedad que viva en armonía con los ecosistemas, trazada en los documentos del movimiento. Eso no quiere decir que no hay contradicciones en él: éstas vienen tanto de la resistencia de sectores del sindicalismo a las pretensiones ecológicas, percibidas como “una amenaza para el empleo”, como de la naturaleza limitada, y poco social, de algunas organizaciones ecológicas… Pero una de las características más positivas de los Foros sociales, y del altermundismo en su conjunto, es la posibilidad del encuentro, el debate, el diálogo y el aprendizaje recíproco de distintos tipos de movimientos.
Es necesario añadir que la propia esfera de influencia ecológica dista mucho de ser homogénea: es muy diversa y contiene un espectro que va de las ONG moderadas, acostumbradas a las presiones del cabildeo, a los movimientos combativos, inmersos en un trabajo militante de base; de la gestión “realista” del Estado (a nivel local o nacional) a las luchas que ponen en cuestión la lógica del sistema; de la corrección de los “excesos” de la economía de mercado a las iniciativas de orientación ecosocialista. Esta heterogeneidad caracteriza por otra parte a todo el movimiento altermundista, aunque una sensibilidad anticapitalista prevalece, sobre todo en América Latina. Esa es la razón por la cual el Foro Social Mundial, precioso lugar de encuentro -como lo explica muy bien nuestro amigo Chico Whitacker- donde distintas iniciativas pueden tomar raíz, no puede convertirse en un estructurado un movimiento sociopolítico, con una “línea” común, de las Resoluciones adoptado por la mayoría, etc.
Es importante subrayar que la presencia de la ecología en el “movimiento de movimientos” no se limita a las organizaciones ecológicas -Greenpeace, WWF, entre otros. Ella deviene, cada vez más, una dimensión tomada en cuenta, en la acción y en la reflexión, por distintos movimientos sociales, campesinos, indígenas, feministas, religiosos (teología de la liberación).
Un ejemplo relevante de esta integración “orgánica” de las cuestiones ecológicas por parte de otros movimientos sociales es el MST, el Movimiento de los Trabajadores rurales Sin Tierra de Brasil, que, con sus camaradas de la red internacional Vía Campesina, son pilares del Foro Social Mundial y del movimiento altermundista. Hostil, desde su origen, al capitalismo y a su expresión rural, los agro-negocios, el MST ha integrado cada vez más la dimensión ecológica en su combate por una reforma agraria radical y para otro modelo de agricultura. En la celebración del XXº aniversario del movimiento, en Río (en 2005), el documento de los organizadores precisaba: nuestro sueño es “un mundo igualitario, que socialice estas riquezas materiales y culturales”, un camino nuevo para la sociedad, “basado en la igualdad entre los seres humanos y los principios ecológicos”. Eso se traduce en la acción -a menudo al margen de la “legalidad”- del MST contra los transgénicos que es a la vez un combate contra la tentativa de las multinacionales -Monsanto, Syngenta- por controlar completamente las semillas, sometiendo a los campesinos a su soberanía, así como una lucha contra un factor de contaminación incontrolable de los campos. Así pues, gracias a ocupaciones “salvajes”, el MST obtuvo en 2006 la expropiación de un campo de maíz y soja transgénicos de Syngenta Seeds en el estado de Paraná, que se convirtió en el campamento campesino “Tierra Libre”. Es necesario mencionar también su confrontación con las multinacionales de la pasta de papel, que multiplica, sobre cientos de miles de hectáreas, verdaderos “desiertos verdes”, bosques de eucalipto (monocultivo) que desecan todas las fuentes de agua y destruyen toda la diversidad biológica. Estos combates son inseparables, para los cuadros y los activistas del MST, de una perspectiva anticapitalista radical.
Las cooperativas agrícolas del MST desarrollan, cada vez más, una agricultura biológica preocupada por la biodiversidad y el medio ambiente en general, y constituyen así ejemplos concretos de una forma de producción alternativa. En julio de 2007, el MST y sus socios del movimiento Vía Campesina organizaron en Curitiba (estado de Paraná) un Día del Agroecología, con la presencia de centenares de delegados, de ingenieros agrónomos, de universitarios y teólogos de la liberación (Leonardo Boff, Frei Betto).
Por supuesto, estas experiencias y estas luchas no se limitan a Brasil: se encuentran, bajo formas diferentes, en muchos otros países, y no solamente del Tercer mundo, y constituyen una parte significativa del arsenal combativo del altermundismo y la nueva cultura cosmopolita de la cual es portador.
Notas
Traducción de Andrés Lund Medina
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5 de Enero de 2010 www.enlacesocialista.org.mx