Enlace Socialista

Proletarios del mundo uníos

. Copenhague. Tras la farsa, la realidad

Copenhague.
Tras la farsa, la realidad
VS 0 | | sección: web | 27/12/2009
Manuel Garí

Antes de comentar la 15ª Cumbre del Clima, es preciso denunciar la represión policial y judicial contra los activistas de las organizaciones sociales y ecologistas. Invito a quienes lean las siguientes líneas a sumarse a la exigencia de la inmediata liberación sin cargos de las personas encarceladas en la prisión danesa de Vestre Faengsel y otras, como es el caso del director de Greenpeace España, Juantxo López de Urralde y de tres compañeros suyos por entrar sin invitación en la cena de los señores del mundo y como es el caso de los jóvenes del black block y otros cortejos que fueron detenidos en las calles de forma “preventiva” porque la policía les atribuyó a priori la intención de actuar de forma violenta. No hay mayor agresión que la perpetrada desde el gobierno danés contra la libre expresión, no hay mayor violencia que la ejercida por los jefes de gobierno de las principales potencias económicas del mundo contra los intereses de las gentes con su irresponsable actitud en la Cumbre. Represión policial contra el movimiento en vez de adopción de resoluciones contra las emisiones de gases de efectos invernadero (GEI) podría ser la síntesis de la crónica de la farsa de Copenhague.

¿Mejor así?

“Creo que es mejor lo que ha sucedido que haber firmado un mal acuerdo.”
“…en Klimaforum, la cumbre paralela, público y especialistas reclamaban un nuevo paradigma, querían cambiar todo ya”
“…el proceso ha demostrado la importancia de la ONU como foro democrático global de debate”
“…prepárense, la próxima cumbre será la definitiva”
Ángel Cano García-Hidalgo

No se puede sintetizar en tan pocas líneas un mayor número de errores de apreciación y propuesta que los que expresa el responsable de comunicación de The Climate Project Spain. La respuesta en forma de diez reflexiones requiere más espacio que el empleado por el articulista.

Uno: Obviamente no valía cualquier acuerdo pero el peor de los posibles es el adoptado: cerrar los ojos, continuar calentando el planeta y que la fiesta del capital siga.

Dos: Sobre la mesa de negociación había no una sino varias propuestas, todas ellas claramente insuficientes para detener el calentamiento e incluso algunas negativas por sus efectos. Pero la crítica a las mismas –que no se si comparte Ángel Cano- y que más abajo se desarrolla no puede llevarnos a la conclusión de que las nuevas propuestas de los gobiernos en el próximo año serán mejores, ya que estas parten con retraso y de más atrás que las actuales, y se basan en la negación desde la derecha a esas mismas propuestas insuficientes de Copenhague.

Tres: Tenemos derecho a exigir un giro de 180º inmediato. ¿Por qué no cambiar de paradigma si el actual no sirve? No se trata de optar entre lo malo y lo pésimo, se trata de trabajar y luchar por lo necesario. El contenido del acuerdo que se adopte en cada momento entre los gobernantes dependerá de la relación de fuerzas que se haya establecido previamente entre el movimiento social mundial -autónomo e independiente respecto a las instituciones- por un lado y las clases dirigentes y sus representantes políticos por otro.

Cuatro: La arquitectura institucional sobre el clima de Naciones Unidas ha implosionado.

Cinco: Terminó la época idílica de la buena “gobernanza” con activa participación de la denominada en la jerga de las cumbres “sociedad civil”.

Seis: Nada ni nadie garantiza que en la próxima reunión en México quienes hoy no han adoptado las decisiones solventes, las adopten de motu propio sin que medie un cambio en la correlación de fuerzas que les imponga objetivos y medidas.

Siete: Lo que hasta ahora se ha mostrado, pese a la importancia de la movilización social europea en Copenhague y en algunas ciudades del mundo, es la debilidad del movimiento en defensa del clima que ha sido incapaz de imponer sus condiciones a los señores del mundo. Particularmente débiles han resultado las movilizaciones en el caso del Estado español pese a la existencia de fuertes organizaciones ecologistas, sociales, sindicales y políticas que plantean puntos de vista ambientalistas.

Ocho: La consecución de conquistas o su mantenimiento dependerá de forma continúa de la movilización, vigilancia y capacidad de diagnóstico y alternativa que tenga el conjunto del movimiento social.

Nueve: La principal tarea del actual periodo es poner en pie una amplia coalición que potencie un movimiento social mundial independiente respecto a los gobiernos e instituciones, capaz de generar protesta y propuesta.

Diez: La realidad es muy tozuda y la centralidad de la lucha contra el cambio climático se impondrá porque el calentamiento sigue y seguirá de no cambiar las cosas. No estamos como se afirma desde el sitio slate.com ante un nuevo Munich. No hemos sido derrotados. Hemos perdido pero no nos han vencido. Ahora, todo depende nuestra inteligencia y de nuestra voluntad.

La identificación de los perdedores en el barrizal de la geopolítica

El negativo resultado de la negociación que debía culminar con un Tratado que sustituyera en 2012 al de Kyoto es una evidencia. Y una mala noticia. El documento Acuerdo de Copenhague, bautizado inmediatamente como los “papeles de Obama”, es la plasmación escrita de la criminal parálisis ante el peligro.

Pero los efectos negativos de la Cumbre son diferentes según sean los sujetos considerados y no podemos, como hacen los medios de comunicación y los discursos al uso de la mayoría de las ONG, hablar de forma genérica identificando políticos, países y pueblos.

El razonamiento en términos de la “alta” geopolítica sobre la cuestión climática solo sirve para encubrir los motivos del desastre actual y las raíces materiales y sociales del modelo económico insostenible, lo que, por tanto, impide identificar responsables y víctimas.

Resulta ridículo leer, cuando no escuchar en vivo y en directo, “ganó el tándem chino-americano” o “perdió Europa” –en referencia a la Unión Europea-. Evidentemente los diversos bloques allí presentes, las diferentes potencias, los diferentes gobiernos representaban políticas diferentes porque también son diferentes los intereses de las fracciones del capital que representan, diferentes los recursos de los que disponen sus territorios, diferentes los impactos del calentamiento sobre su población y también diferentes son las presiones que reciben de sus sociedades y de la opinión pública de sus respectivos países.

Podemos no poder identificar –de momento- a los ganadores de Copenhague, pero de lo que no cabe duda es de quienes son los grandes perdedores tras el resultado de la Cumbre: los pueblos, las gentes, la humanidad. La reunión de Copenhague se resume en tres palabras: fracaso, fiasco y felonía.

Fracaso

Para los jefes de los gobiernos allí reunidos el resultado de la Cumbre es un fracaso diplomático y en tanto que estadistas uno de los capítulos horribilis e irresponsables de la historia de la humanidad. Los gobernantes han tenido que reunirse ante la evidencia científica del calentamiento y la existencia de una presión social difusa, pero no tenían nada que ofrecer en el terreno de las soluciones conjuntas. No han podido ni guardar las formas para salir airosos.

Particularmente resulta un desastre para La ONU que una vez más muestra su incapacidad de impulsar procesos efectivos y respetados por los gobiernos nacionales. El gran activo de Naciones Unidas ante el calentamiento ha sido la creación en 1990 del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC en sus siglas en inglés, GIEC en francés) /2 que desde la ciencia ha diagnosticado la situación y propuesto objetivos de reducción de las emisiones como medida imprescindible para evitar el calentamiento atmosférico. A partir de 1992 con la Cumbre de Río la cuestión ambiental, y con ella la climática, comienza a adquirir centralidad progresivamente.

Las diferentes reuniones y pronunciamiento se suceden hasta culminar en 1997 en el insuficiente y a la vez incumplido Protocolo de Kyoto que fijó los primeros objetivos de reducción de emisiones para los países industrializados a cumplir entre 2008 y 2012 respecto al nivel de emisiones alcanzando en 1990 que se adopta como “año-base” de referencia para las estimaciones posteriores. El Protocolo que debía expirar en 2012 ha colapsado en Copenhague. En sus años de existencia no había sido firmado por países como Estados Unidos, China o India. Ahora desaparece antes de plazo y sin resultados.

Hace dos años en la reunión celebrada en Indonesia se aprobó el Plan de Acción de Bali (2007) que pretendía impulsar un nuevo acuerdo global en los dos años siguientes basado en cuatro puntos: recorte de emisiones para impulsar la mitigación del calentamiento, medidas de adaptación para afrontar los efectos ambientales que no se haya logrado detener, avance tecnológico /3 y financiación suficiente para adoptar las medidas anteriores. ¿Hay algún rastro de lo anterior en el “papel Obama” con el que sale la Cumbre de Copenhague? Hace un año en la de Poznan se hicieron públicas las reticencias de China a los compromisos vinculantes en el terreno de las reducciones. El proceso de Naciones Unidas comenzó una rápida deriva hasta su escenificación en Dinamarca.

Un fracaso anunciado, porque tras la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (con siglas en inglés, APEC) celebrado el pasado 15 de noviembre en Singapur, resultó evidente la existencia de un pacto entre el gobierno norteamericano y el chino para evitar un acuerdo vinculante de reducción de emisiones en la reunión de Copenhague y sustituirlo por lo que, de forma grandilocuente, denominaron “acuerdo en dos etapas”. Una primera de declaraciones vacías de contenido y una segunda gobernada por ambas potencias en régimen de condominio para determinar los objetivos y los tiempos cuando ambas consideren que pueden hacerlo. En la reunión preparatoria de Barcelona hace un mes ya olía a chamusquina el papel del Tratado.

Fiasco

Para las expectativas depositadas por numerosas organizaciones sociales y ecologistas en la Cumbre ha resultado un fiasco. Mucha gente todavía confiaba en el buen hacer de los gobiernos allí reunidos, a pesar de las señales negativas que se estaban produciendo. Muchas ONG pedían un pacto mundial que expresaban bajo la fórmula FAB: fair (justo), ambitious (ambicioso), binding (vinculante). A los aficionados a los acrónimos, el juego de siglas y el de palabras se les puede explicar el resultado como FAB: fake (falso), abject (rastrero), bad (podrido).

Las propuestas de acuerdo que existían sobre la mesa eran insuficientes para erradicar el problema, algunas directamente negativas social y ambientalmente, pero la situación actual de inacción (laissez faire, laissez dire, laissez passer) supone un mal mayor. Ese y no otro es el fiasco.

La adopción de medidas es urgente y debe tenerse presente que incluso en el caso de adoptarse las correctas a fecha de hoy –cosa ya descartada- el calentamiento seguirá su curso durante un tiempo ya que existe una inercia climática derivada de la acumulación ya existente de GEI en la atmósfera. Es tiempo de tomar medidas frente al fiasco porque lo que no hay es tiempo de espera.


… y felonía

Para la humanidad el cínico desarrollo de la farsa escenificada en Copenhague resulta una felonía. El cambio climático pone en riesgo las bases materiales de la vida, hoy constituye el principal peligro para la biosfera y por tanto para los seres humanos.

En el conjunto del planeta están modificándose de forma acelerada los patrones epidemiológicos de la mano de los cambios en los ecosistemas. La salud pública está de forma creciente en juego a causa de los cambios en las pautas climáticas.

El calentamiento está originando ya agudos problemas pero de no detenerse puede originar una crisis alimentaria, productiva y patrimonial mucho más grave y duradera que la crisis financiera desatada en 2008. Tal como afirma el mismísimo George Soros “…creo que en la actual situación (…) se tendrá que recurrir a soluciones más radicales para abordar la crisis económica (…) el calentamiento global, que es la verdadera crisis que se le viene encima a la economía mundial”. /4

Hay que subrayar que incluso en los impactos sociales de las cuestiones ambientales existe una inequidad “Norte-Sur” o más precisamente expresado podemos comprobar la dicotomía ambiental: países industrializados o en rápida industrialización versus países empobrecidos. En este momento ya existen millones de refugiados climáticos y los disturbios climáticos están produciendo crisis económicas, pérdida de recursos, hambrunas y muerte en amplias zonas del planeta tanto costeras –cada vez más inundables- como del interior de los continentes –cada vez más secos-.

Los efectos del calentamiento son ya especialmente agudos, dramáticos y visibles en países empobrecidos, pero en breve comenzarán a sentirse sus impactos económicos negativos en los países industrializados.


Anatomía de la irresponsabilidad

El Acuerdo de Copenhague es un triste papel declarativo y una tabla en blanco en la que cada gobierno deberá antes del próximo 1 de febrero rellenar el hueco con sus propósitos. Ello resulta a bote pronto, algo así como un ejercicio escolar interactivo. De risa si no nos fuera en ello la vida.

Pero la misma parte declarativa es inconsistente e incoherente hasta constituir una tomadura de pelo. Los gobernantes que suscriben el “papel de Obama”, como se le ha denominado con razón, afirman lo obvio: “el cambio climático constituye uno de los mayores desafíos de nuestra época” y que es necesario que el aumento de la temperatura media planetaria se sitúe “por debajo de 2ºC” para lo que es necesario realizar “reducciones drásticas de las emisiones conforme al cuarto informe del IPCC”.

En la reunión de Copenhague nadie con peso específico negó que el núcleo del problema del calentamiento radica en las emisiones de, entre otros gases, CO2 asociadas a un modelo productivo ambientalmente insostenible y una economía altamente carbonizada tanto en la actividad industrial, como en la generación de energía y también en las modalidades hegemónicas de transporte.

Pero los denominados “lideres mundiales” no adoptaron una sola medida acorde con las previsiones, escenarios y conclusiones de los climatólogos quienes aconsejaban al menos el 40% de reducción en 2020 y el 95% de reducción en 2050 en los países desarrollados –responsables principales del calentamiento con una contribución que supera el 70%- para lograr una reducción del 80% de las emisiones mundiales antes de cuarenta años. La reducción propuesta por los expertos no es arbitraria ni banal, con ello pretenden que no se supere la concentración de 450 partes por millón de CO2 en la atmósfera que nos conduciría al fatídico aumento de 2º C en la temperatura media del planeta, lo que generaría procesos climáticos en cadena de diferente signo con efectos devastadores.

Los gobernantes no han establecido objetivos de reducción de emisiones concretos, cuantificados, mensurables y evaluables, ni se han plateado plazos temporales para conseguirlos, ni han acordado un año base de referencia para comparar la evolución. Todo ello impide la evaluación de las políticas. Lógico porque lo que no ha habido es propuesta política alguna.

Uno de los pretendidos “logros” de la Cumbre ha sido la promesa de financiación a los países empobrecidos por parte de las potencias industriales consolidadas y de los países emergentes para ayudar a los primeros en las medidas de mitigación y adaptación y posibilitar un desarrollo no contaminante. Pero esa promesa dineraria no se concreta en compromisos precisos por parte de los países donantes ni se determina los criterios de selección de los países receptores ni los de asignación de recursos. Ni se definen las fuentes de financiación ni el carácter público o privado de las mismas. /5 Un brindis al sol y pecuniariamente insuficiente, etéreo y ridículo. Miremos las cifras del “compromiso”: 10.000 millones de dólares anuales durante los 3 próximos años hasta llegar en el 2020 a crear un fondo de 100.000 millones de dólares anuales o sea unos 70.000 millones de euros.

Las tripas de las finanzas “climáticas”

Pongamos esas magnitudes en relación con otras que si bien no podemos tratarlas de forma homogénea /6 nos permiten dimensionar las grandes cifras. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) y otras instituciones internacionales estiman que la revolución energética y del transporte necesaria para evitar a tiempo llegar al umbral del fatídico aumento de 2 º C de la temperatura media planetaria supone la inversión de entre 1.200.000.000 y 8.200.000.000 euros (¡vaya horquilla!) /7 entre 2010 y 2030, lo que supone una cifra de entre 2.520.000.000.000 y 11.480.000.000.000 dólares.

El economista del Banco Mundial Nicholas Stern y consejero de Blair estima que el coste de la adopción de medidas para detener el calentamiento es del orden de entre un 2 a un 3% del PIB, pero que el coste de la no actuación ante el cambio climático sería aún mayor por la gravedad de los efectos en la economía. Concretamente Stern calcula que la caída del PIB mundial se situará, si se produce el cambio, en una horquilla entre el 5 y el 20%. /8 Podemos concluir ante las anteriores cifras –a las que habrá que sumar las dedicadas a paliar los problemas y a restablecer el aparato productivo- que podemos caer en un negro agujero económico que se llevaría por delante los recursos de miles de millones de seres humanos y detraería de otras necesidades importantes sumas.

Conviene realizar las comparaciones pertinentes con las cifras dedicadas a otros menesteres, cifras que demuestran que cuando se quiere se encuentra el dinero. En el caso de los Estados Unidos los políticos han movilizado las cifras necesarias para el logro de sus objetivos como lo muestran los siguientes ejemplos.

El Plan Paulson de rescate de los bancos estadounidenses ante la crisis financiera ascendió a la cifra de 770.000 millones de dólares US de golpe y porrazo para realizar en un corto periodo de tiempo de meses entre finales de 2008 y principios de 2009. Si las cifras del Acuerdo de Copenhague se comparan con los gastos militares; en dólares de 2009, en las guerras de Irak y Afganistán se había gastado a 24 de octubre de 2007 la cantidad de 604.000 millones de dólares, en el Programa Apolo de la NASA 101.000 millones de dólares y si nos remontamos al mayor esfuerzo bélico de la historia de los EE UU, la Segunda Guerra Mundial supuso un coste en 5 años de 4,1 trillones de dólares. /9

Demos un paso más, pasemos de las magnitudes a la gestión de los dineros. Las propuestas monetarias de los países donantes, al igual que las propuestas de reducción de emisiones, se harán directamente a Naciones Unidas que respetará la “soberanía nacional” y no podrá ejercer control alguno, sin embargo las acciones de reducción que se hagan con dinero internacional sí que estarán sujetas a un completo sistema de comprobación. Quien paga, manda.

La crisis económica y los nuevos protagonistas institucionales

Evidentemente la reclamada incorporación al proceso post-Kyoto de potencias como China, India y Estados Unidos ha tenido un efecto inmediato –y probablemente a largo plazo- contrario al buscado por quienes la deseaban en el marco del “esquema Naciones Unidas”. ¿Qué dirá ahora Jeffrey Sachs? /10 que enfáticamente proclamaba a primeros de diciembre de 2009 “Ya es tiempo de que Estados Unidos se reintegre a la familia global”. /11 Se partía de tres falsos supuestos: el proceso sobre el clima auspiciado por Naciones Unidas es imparable, quienes no participan representan una anomalía transitoria y la lógica de la globalización exigirá su adhesión más o menos en el punto en que el grueso del pelotón dejó la carrera.

La crisis económica mundial modificó las condiciones anteriores en todos los terrenos, también en el caso de la cuestión climática. Ante la crisis se podía considerar el reto climático como parte de la solución, como posible factor coadyuvante para la salida de la misma. Esta no ha sido la opción hegemónica. Ello no es casualidad porque lo anterior habría sido atribuir al capital una racionalidad estratégica que en su comportamiento cortoplacista no mantiene. Para los capitales ociosos y disponibles tras el estallido de las burbujas del siglo XXI (tecnológica, del crudo, de la construcción y financiera) el objetivo es maximizar la tasa de ganancia en el más breve plazo de tiempo y con el menor riesgo posible. Se ha pasado de aceptar el reparto de las migajas para calmar a los “alarmistas” del clima a cerrar el grifo en espera de que el temporal escampe.

Por otro lado la globalización capitalista ha supuesto una exacerbación de la competencia internacional que con la crisis se está traduciendo en diversas formas de vuelta al nacionalismo económico en los países más industrializados o en rápido proceso de industrialización, en el resurgir de nuevas medidas proteccionistas, en reavivar una perspectiva maltusiana de la economía y también en el regreso de viejas doctrinas productivistas que desconsideran la gravedad de la situación ambiental (y del negativo impacto económico de los efectos de la misma).

En este momento vuelven los discursos del crecimiento sostenido frente a los del desarrollo sostenible. Durante un corto periodo de tiempo fue tomando posiciones la idea de una reconversión ecológica de la economía con el objetivo de hacerla ambientalmente sostenible y socialmente justa. En este momento se vuelve al manido e incoherente discurso de inscribir las preocupaciones ecológicas en los mecanismos de crecimiento. Una contradicción en los términos.

En el caso de la actitud del gobierno de los Estados Unidos las vanas expectativas que creó la nueva presidencia tras la era Bush se vinieron abajo en Copenhague. Barack Obama y Hillary Clinton así como sus “cabezas pensantes” Michael Forman, Elliot Diringer, Todd Stern o Richard Morningstar entre otros dejaron claro desde el primer momento del mandato su decidida defensa de la industria automovilística, su apuesta por las energías limpias en tanto que le permitiera mayor margen de maniobra y la posibilidad de colocar al capital norteamericano en primera línea de las nuevas tecnologías y no engañaron a nadie: su compromiso voluntario de reducción de emisiones cifrado en un insultante 4% respecto a 1990 no comienza hasta 2020 . Ahora ni eso está claro. Y en el campo de la financiación del fondo climático mundial Clinton y Obama han repetido a quienes les querían oír su posición: sumarse al mismo en 2020 en la medida en que China acepte que se auditen sus emisiones.

En el caso de China la burocracia gobernante sitúa como prioridad el crecimiento económico y la eliminación de la pobreza en su país donde, por cierto, la desigualdad social aumenta de forma progresiva pese a los discursos “socialistas” de dictadores que impulsan no solo el mercado sino también la acumulación capitalista. Por lo que para los Wen Jiabao, Jian Yu y Yang Jiechi el control del aumento de la temperatura es una cuestión secundaria a resolver a largo plazo. La burocracia china hace dos años pedía una compensación económica a cambio de adoptar medidas y permitir un cierto control de las mismas. Tras la crisis la posición relativa y absoluta de la economía china en términos de peso internacional (y de emisiones de CO2) aumentó y sus dirigentes han hecho bandera de tres cuestiones: no renuncian a un crecimiento sin limites del PIB con las tecnologías, fuentes de energía y procesos industriales actuales; anuncian recortes de entre el 40% y el 50% de su intensidad en carbono (CO2 emitido por unida de PIB) mediante la adopción de medidas de ahorro y eficiencia energética y el impulso de nuevas fuentes de generación de energía; y no aceptan verificación internacional de sus emisiones y en su lugar proponen una suerte de “observatorio” (¡uno más!) bajo la fórmula de un “sistema internacional de análisis y consultas”. Ello significa que pueden aumentar su eficiencia pero seguir aumentando también su contribución a la emisión de GEI en la medida en que no adoptan objetivos de reducción absolutos sino relativos respecto al PIB. Su falta de transparencia, tan propia de las dictaduras, ofrece una excelente coartada a los gobernantes norteamericanos.

Otros como los gobernantes de Brasil e India merecerán atención en otros artículo, en Copenhague simplemente nadaron y guardaron la ropa y se plegaron al binomio Barack Obama - Wen Jiabao.

Los representantes de la UE y Japón han mantenido una postura más favorable a la fijación de objetivos de reducción vinculantes para 2020 en torno al 20% en consonancia con la estela del Protocolo de Kyoto y que en el caso comunitario incluso se comprometía a aumentar su objetivo al 30% si el resto de países aseguraban el 20%. Los gobiernos de Japón y la UE tienen ahora la oportunidad de apostar aunque sea en solitario por esas medidas que aunque insuficientes suponen quebrar el consenso actual de la inacción. E incluso ¿quién sabe? pueden también experimentar en terrenos menos manidos que los habituales en torno a la competitividad. Mucho me extrañaría tanta osadía pero ojalá me equivoque. Hace tiempo que el capitalismo verde mostró sus límites.

¿Y el Reino de España? ¡Ah! Sí, el reino dónde manda el viento, dónde no se cumplen los compromisos y en el que su ministra llega a Copenhague en jet a última hora tras cerrar algún acuerdo contra la anchoa cantábrica y en sus escasas palabras critica la misma presencia en los alrededores de la famosa “sociedad civil”. Eso, el Reino de España ¿Pero realmente hubo presencia allí? ¿Alguien escuchó sus propuestas? ¿Tenía propuestas más allá de la poesía? La única labor que se salva es el empeño de la secretaria de estado de Cambio Climático, Teresa Ribera, en salvar los trabajos de la comisión que presidía.

Palabras sin credibilidad

Los portavoces de los países del ALBA mantuvieron una postura de dignidad frente a locomotora del Acuerdo de Copenhague dictado por Obama en el último minuto e impuesto sin cuidar ni las formas diplomáticas. Ahora bien el intento –una vez más- de obtener el label socialista por parte de Hugo Chaves poniéndose en el centro de los focos, tuvo esta vez una expresión falta de toda credibilidad. El presidente venezolano situó correctamente en la raíz de los problemas climáticos al sistema capitalista pero olvidó decir que el modelo productivo y energético ambientalmente insostenible es indisociable del petrocapitalismo.

El modo de producción hace referencia a las relaciones sociales, el modelo productivo a las relaciones con la biosfera. Si el modo de producción define qué tipo de sociedad produce los bienes y servicios, el modelo productivo define el cómo se producen esos mismos bienes y servicios.

Sin la quema de carbón y de crudo –los combustibles fósiles- no se puede entender ni la Revolución Industrial ni el proceso de acumulación, reproducción y ampliación del capitalismo de los siglos XIX, XX y XXI. Ese ha sido el modelo productivo y energético que hoy amenaza a la humanidad. Con sede en USA, Canadá, Japón y Europa occidental luego fue copiado a pies juntillas por parte de los burócratas soviéticos, gobernantes chinos y otras variantes de “socialismo real” gobernando por las diversas tonalidades estalinistas.

El modo de producción capitalista se basa en las relaciones de producción que enfrentan los intereses burgueses con los de las clases trabajadoras, los de los poseedores con los de los desposeídos, los de los explotadores con los de los explotados. La lógica del beneficio privado es su motor, pero su “gasolina” es un modelo productivo carbonizado. Ese modelo productivo enfrenta los intereses del sector hegemónico del gran capital mundial con los de la humanidad entera.

Chaves olvida esta segunda parte de la realidad, porque de tenerla en cuenta estaría aprovechando su paso por el gobierno para desacoplar la economía venezolana de la extracción y comercialización del crudo que financia más del 50% del presupuesto nacional, representa más del 90% de sus exportaciones y que hace vulnerable al pueblo venezolano ante las caídas del PIB (del 4,5% en el tercer trimestre de 2009 según el Banco Central de Venezuela) como efecto de la caída de los precios de petróleo que en 2008 llegó a cotizar un precio promedio de 110 dólares USA por barril y en 2009 tuvo desplomes hasta alcanzar los 64 dólares.


La arquitectura de la “gobernanza” se desmoronó

“Ni en dioses, reyes ni tribunos (...)
(…) que solo unidos forjaremos (…)
(…) el género humano es la Internacional”
Vieja canción (balada o himno según se interprete) del siglo XIX.

Durante unos años se pudo creer (y vivir) en una suerte de ficción en la que las ONG, particularmente las ecologistas y las de desarrollo, iban a jugar un papel importante en la creación de líneas de trabajo y de políticas por parte de los gobernantes. Eso ha terminado, la arquitectura institucional sobre el clima de Naciones Unidas ha implosionado.

No ha sido desbordada por el movimiento social, simplemente ha caído bajo los efectos combinados de la entrada en escena de nuevos protagonistas gubernamentales y de la crisis económica mundial.

Terminó la época idílica de la buena “gobernanza” con activa participación de la denominada -en la jerga de las jet-cumbres- “sociedad civil” en un supuesto papel de observadora y garante de transparencia de los debates, aunque en realidad funcionaba como compañera de viaje de los amos y legitimadora de las decisiones de los gobernantes.

El sueño buenista fue expulsado de Bella Center, epicentro de la Cumbre. Las ONG incordiaban y sobraban en la reunión y hay que agradecer a Yvo de Boer, secretario ejecutivo de la Convención sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas su franqueza cuando declaró que “…los incidentes (en las salas de reunión) ponen a prueba mi voluntad de seguir así”. Cuando hay problemas ¿por qué dar la voz a esas gentes que tienen opinión propia? Los miles de manifestantes concentrados en la ciudad molestaban. La represión estaba prevista y calculada de antemano, la legislación se había modificado ad-hoc y Lar Okke Rasmussen, primer ministro danés, pasará a los anales del basurero antidemocrático como el gobernante que mandó detener a la gente que se prejuzgaba, por el aspecto y vestimenta, que podía echar al cabo de un rato una piedra (aunque esta no estuviera todavía en mano ni bolsillo alguno).

La represión callejera y el desalojo de los activistas previamente acreditados de las salas de reunión por “desorganización” de la organización formaban parte del nuevo escenario. Hoy como siempre los poderosos solo pueden imponer recurriendo al engaño y/o la fuerza. Los bienpensantes se quedaron muditos, como es el caso del pronuclear Presidente del IPCC Rajendra Pachuri o del perplejo y entristecido Presidente de turno de la UE Frederik Reinfeldt. La verdad y con ella la libertad de expresión suelen ser las primeras víctimas de la guerra. En este caso la que se disponen a librar los poderosos frente a los pueblos, los gobernantes frente a la ciudadanía disidente para reconducir un proceso que no controlan. Y junto a la marginación de los testigos incómodos y la represión, debe imponerse el secretismo para que la diplomacia pueda hablar tranquilamente a puerta cerrada.

La táctica de actuación de la “sociedad civil” en forma de lobby de presión sobre los “decisores” ya no tiene espacio en la nueva realidad post-Copenhague. Hoy más que nunca es bueno seguir el viejo instinto libertario: Desconfiemos de los gobernantes. No necesitamos líderes, necesitamos pueblo.

Naomi Klein se equivocó al anunciar un nuevo Seattle en Copenhague que marcaría un antes y un después como ocurrió hace una década en el caso del movimiento contra la globalización capitalista que durante años mantuvo un poder de convocatoria y centralidad muy importantes. Sin embargo cabe señalar que en Dinamarca se han reunido los mimbres sindicales, campesinos, ecologistas, feministas, altermundistas, antiglobalización, etc. que pueden tejer una nueva red alternativa con capacidad de organización, acuerdo en la pluralidad, propuesta y movilización. Esa y no otra es la base de partida para afrontar los retos urgentes.

La derecha no tiene nada que aportar ante la crisis climática pues simplemente es un adosado de los intereses de las grandes corporaciones y ha sido la gran protagonista de la farsa. Políticamente las posiciones conservadoras (se vistan como se vistan) son las máximas responsables de la situación actual.

No son útiles los planteamientos del “centro izquierda” en cualquiera de sus variantes (social-liberal, verdes europeístas o algunas de las corrientes socialdemócratas), siempre tan respetuosos con el Sr. Mercado. El fracaso del proceso contra el cambio climático de Naciones Unidas les afecta particularmente por tres razones: aceptaron acríticamente un mecanismo que exige la unanimidad de los gobiernos para avanzar un solo paso; indujeron a la sociedad, “las gentes de abajo”, a confiar en las soluciones que ofrezcan “los de arriba”; y no se han permitido hacer una sola propuesta que saltara las férreas fronteras impuestas por el mercado al delimitar el campo de las soluciones. Durante años el centro izquierda ha contribuido a legitimar un proceso y un consenso que han estallado.

El abismo climático es cosa de la presente generación, de ahí que los parámetros de la política contra el cambio climático rompan moldes, viejas inercias y modus operandi de la izquierda que, además, abordó con notable retraso la cuestión ecológica. En algunos casos ni siquiera lo ha hecho todavía. Una parte de quienes se han puesto en marcha no han pasado del estadio de la propaganda. Afortunadamente ya hay un sector que se ha imbricado en el movimiento social y que comienza a hacer propuestas. Para dar un vuelco a la situación es necesario plantear de nuevo la estrategia. Hay que buscar nuevas alternativas. Es preciso tejer nuevas alianzas.

Para que el movimiento social contra el cambio climático tenga capacidad de imponer la “agenda” a los señores del mundo es necesario que tenga ideas-fuerza y propuestas que le permitan llevar la iniciativa. No hay que esperar a ver que plantean los distintos sujetos institucionales después del 1 de febrero de 2010 o ante la reunión de México. Debemos comenzar ya.

Lograr construir alternativas desde las organizaciones sociales comporta una compleja labor colectiva que ponga en relación y diálogo un mundo plural de intereses, culturas, realidades y situaciones del mosaico social que compone el movimiento social internacional contra el cambio climático. A continuación planteo algunas reflexiones iniciales e insuficientes que tienen por objetivo contribuir a generar el debate entre iguales.

Barrer los obstáculos del negacionismo

Hay que salir al paso de los nuevos o viejos discursos negacionistas del cambio climático. El propósito político del negacionismo es distraer el debate, crear una falsa conciencia y adormecer la sensibilidad social para retardar la respuesta. A todos ellos conviene poner ante el Cuarto Informe de Evaluación del IPCC (2007) que avisa de la gravedad de la situación que ha evolucionado a mayor velocidad de la prevista y ante el último Informe de la Organización Meteorológica Mundial plantea que la década 2000-2009 ha sido la década más cálida desde 1850.

Frente a los que niegan la evidencia científica por ignorancia como es el caso de la FAES de Aznar, del nuevo ideólogo de los neocon españoles Gabriel Calzada o del presidente de Chequia o por intereses espurios como es el caso los neocons republicanos norteamericanos vinculados a la industria petrolera, al carbón, al automóvil, la aviación o las cementeras poco o nada se puede hacer que no sea confrontarlos a sus propias miserias: su desconocimiento, su falta de rigor metodológico o simplemente la lista de consejos de administración de los que forman parte,

Pero existen otros modelos “enreda” de negacionismo. En primer lugar el que acepta la existencia del calentamiento pero lo explica por los ciclos climáticos naturales y niega la importancia del impacto antropogénico. Ese planteamiento que nos empuja hacia la impotencia ante la catástrofe pues nada podemos hacer. Efectivamente hay variabilidad natural que actúa en uno u otro sentido lentamente pero lo importante es que a la misma se suma el efecto de los GEI con una contribución decisiva, rapidísima y determinante. Precisamente ahí es dónde podemos actuar.

Otra variable del negacionismo es el que sin negar la causa antropogénica, niega la gravedad de la situación actual y la urgencia de la actuación. Parte de las delegaciones gubernamentales de los países con mayor volumen de emisiones presentes en Copenhague podrían adscribirse a esta corriente.

Lo que unifica a todos los negacionistas es el recurso a la necesidad de luchar contra la pobreza, la defensa del empleo y los riesgos de caos social si se adoptan medidas favorables a otro modelo productivo. Y lo hacen desde la ocultación consciente y criminal de los devastadores efectos humanitarios, hambrunas y crisis económicas que hoy asolan a millones de seres humanos. Y lo hacen sabedores de que no tienen razón, que las cuentas que presentan son falsas, que la economía sostenible es más intensiva en trabajo humano que la vigente tanto en la industria, como en la agricultura, en el transporte y en el sector de la energía. Hoy todos ellos representan una amenaza para los habitantes de los países empobrecidos y también para las clases trabajadoras de los industrializados porque el calentamiento avanza, los cambios se impondrán por la fuerza combinada de los hechos y de la acción del movimiento social y que ante los mismos es necesario preparar una transición justa para que los costes no pesen –como hasta ahora- sobre los sectores más frágiles.

Hacia delante: primero descarbonizar la economía

La crisis financiera, la productiva y la ecológica están íntimamente entrelazadas y siguen lógicas comunes. La alternativa ante la triple crisis concomitante es luchar por una sociedad sostenible. Ello implica la consolidación de actividades y empleos relacionados con las mejoras ambientales. Pero estos green jobs no bastan, el objetivo debe ser la transformación del conjunto de actividades en clave de sostenibilidad, lo que permitirá la generalización de empleos sustentables y la salida a la crisis económica más favorable para las clases trabajadoras y los pueblos.

Construir una sociedad sostenible y por tanto una economía sostenible basada en la producción limpia es una tarea compleja que alcanza múltiples facetas: conservación recursos naturales, organización racional del territorio, eliminación de emisiones y vertidos contaminantes de GEI en la actividad productiva, modelo sostenible de transporte, energía limpia y renovable, modelo agrícola alternativo al agroquímico que permita la soberanía, seguridad y suficiencia alimentaria de los pueblos, química verde frente a la basada en el cloro –lo que además puede posibilitar nuevas aplicaciones industriales para el crudo-, un modelo sostenible de pesca, la conservación- mediante una gestión racional- de la biomasa y un largo etcétera. Pero el primer paso es descarbonizar la economía porque así y solo así conjuraremos el inminente peligro del cambio climático. Además habrá que dar otros.

La ruptura con el modelo de producción sucio exige la descarbonización de la actividad económica lo que supone en primer lugar la apuesta pública por las energías renovables, el ahorro y la eficiencia energética como vectores de una nueva economía. No basta con producir energía por procedimientos limpios también es imprescindible y más importante si cabe lograr disminuir la cantidad de energía que requiriere la sociedad y la intensidad de la misma respecto a la unidad de producto. En el campo energético no valen las trampas, las energías limpias son las renovables por lo que de forma paralela deberemos avanzar en la erradicación de la energía nuclear –hoy presentada bajo el sofisma de limpia por sus defensores- por motivos ecológicos, sociales y pacifistas.

El principal objetivo de la izquierda es satisfacer las necesidades del conjunto de los habitantes del planeta mediante la justa distribución de los recursos existentes, la atención prioritaria en la asignación de bienes y servicios a los sectores más desfavorecidos, la disminución del consumo privado superfluo en los países industrializados y la eliminación de los gastos militares.

La apuesta por la reducción de emisiones, la apuesta por las energías renovables y el ahorro y eficiencia energéticos significa la apuesta por la electrificación del transporte para pasajeros y mercancías y el impulso de las modalidades colectivas y públicas que permitan una movilidad sostenible. Asimismo se deberá traducir en un planteamiento del urbanismo, la arquitectura y la construcción tanto en la rehabilitación del parque inmobiliario existente (residencial, terciario, industrial o turístico) como en el de nueva construcción que tenga presente como criterio constructivo central la eficiencia y el ahorro en el suministro y uso del agua y la energía.

Debemos lograr que la sociedad no opte por absurdos caminos que lejos de paliar el problema están al servicio de los intereses “carboneros” y “petroleros”. Hay que conseguir el abandono de inversiones millonarias e inútiles en la contrautopía tecnológica de la captura y secuestro geológico del dióxido de carbono (entelequia que se vende como “carbón limpio”). Si se quiere evitar el carbono lo más sencillo es no generarlo y desde luego no tentar al diablo enterrándolo bajo nuestra cama. Asimismo hay que evitar “soluciones” de mercado contrarias a la descarbonización, que como en el caso de la compraventa de los “derechos de emisión de CO2”, en si mismo son ilógicas. El mercado de carbono no favorece la justicia internacional ni permite la reducción drástica y efectiva en la emisión de GEI. Asimismo hay que combatir la incineración de residuos tanto en las industrias cementeras como en las instalaciones de quema de residuos sólidos urbanos; lo que llaman “valorización energética” es contaminación y por ello no puede ser considerada, como así lo hace la UE, una energía renovable (y limpia).

Desde la izquierda y el movimiento sindical hay que asegurar que el proceso de descarbonización se efectúa mediante una transición justa que permita defender el empleo, las conquistas y los derechos de las clases trabajadoras en los sectores que se vean afectados por la reconversión ambiental. Asimismo la transición justa tiene una dimensión territorial: las regiones y países empobrecidos deberán contar con los apoyos internacionales suficientes para obtener su bienestar a la par que contribuyen al cambio de modelo productivo. La justicia social tiene hoy una dimensión central: la justicia ambiental a escala nacional y mundial.


Regulación, mercado y fiscalidad…

La urgencia de la descarbonización es tal que debemos respondernos a la cuestión ¿podemos esperar a que se produzcan (logremos) grandes cambios políticos y sociales para actuar en concreto contra el cambio climático? La respuesta es no. Es más, si no logramos conjurar el riesgo del calentamiento es posible que se aleje ad-infinitum la posibilidad de la sociedad socialista. Pero a su vez y en ello radica el quid de la cuestión, sin una política anticapitalista no es posible confrontar el desafío de ambiental.

Es tan urgente iniciar un movimiento de cambio que debemos usar todos los instrumentos a nuestro alcance a la vez, evitando falsas polémicas sobre medidas e instrumentos de regulación y algunas medidas e instrumentos de mercado como es el caso de la fiscalidad ecológica. Todo es difícil de poner en pie y el resultado real de cada instrumento solo se verá cuando se impongan en la práctica las medidas. ¿Por qué renunciar a las herramientas sin estrenar? Cuando no se tienen misiles se usan las piedras y cuando se obtienen conviene seguir apedreando.

Ningún instrumento es perfecto ni está exento de problemas. Y no son contradictorios entre si necesariamente. Discutamos sin a priori alguno, pensemos con nuestra cabeza y experimentemos. El objetivo es penalizar, regular y prohibir las actividades (públicas y privadas, productivas o consuntivas) emisoras de GEI y apoyar, fomentar e incentivar las actividades bajas en carbono; y hacerlo en el menor tiempo posible para que los efectos sean inmediatos.

Para lograrlo hay que combatir la lógica neoliberal de “más mercado, más prosperidad” que llegó a infiltrar toda la política de la izquierda institucional europea. Ello supone no dejar en manos del beneficio privado las decisiones estratégicas, utilizar instrumentos de mercado como los impuestos ecológicos a la vez que se avanza en la arquitectura de un sistema planificado y democrático de adopción de decisiones y en la creación de una banca, instrumentos y mecanismos financieros públicos capaces de intervenir decisivamente en el rumbo de los acontecimientos.

Las pancartas de los activistas de Copenhague exhibían lemas como “cambiar el sistema, no el clima” y otras proponían cambios en las políticas. Ambas cuestiones son necesarias. Hay que cambiar urgentemente las políticas energéticas, industriales y de movilidad pero para posibilitar el cambio hay que retar al sistema. Hay que cambiar urgentemente las políticas pero para consolidarlas y no retroceder hay que cambiar el sistema porque, de dejarlo intacto, la ley del provecho privado minará las conquistas y el capital buscará nuevos nichos de ganancia en otras actividades sin tener en cuenta los efectos de las mismas. La lucha por los cambios comporta la confrontación con el sistema. El correlato político de lo anterior es que la alternativa ecosocialista solo será viable si es decididamente anticapitalista.


… y ecosocialismo

El dilema planificación democrática versus libre empresa, o lo que es lo mismo socialismo contra capitalismo vuelve a tener actualidad y esta vez viene de la mano de las cuestiones ambientales. Esta dimensión viene a reforzar la dimensión social expresada en la contradicción antagónica e irreconciliable entre poseedores y desposeídos. Ello sitúa las tareas del movimiento social contra el cambio climático fuera del estrecho recinto de los consensos institucionales.

A su vez plantea la cuestión prioritaria de la construcción y fortalecimiento de una nueva alianza social horizontal tanto en el ámbito de las naciones como en la arena mundial que se plasmará en una coalición de geometría variable según los temas y los momentos pero que deberá dar cabida a toda la pluralidad y energía que acumule la fuerza suficiente para confrontar con voz propia a los señores del mundo.

En el proceso de conquista de los objetivos arriba propuestos, tal como ocurre con otras cuestiones sociales, el movimiento tendrá que afrontar la oposición activa del capital o de fracciones del mismo, así como de sus voceros y gestores políticos. En cada momento tendrá que tomar una decisión: aceptar límites y reglas impuestas o confrontar para crear marcos y correlaciones de fuerza favorables. El conflicto es inherente a un movimiento que no reduzca su forma de actuación a la de mero grupo de presión o de consejero en las antesalas de los señores del mundo. La dinámica anticapitalista nacerá no tanto de la repetición propagandística de mantras programáticos como de la realidad misma, de la experiencia del propio movimiento. Es en esa coordenada dónde se juega su futuro la propuesta ecosocialista.

Notas

1/ Cano, Á., “El pesimismo nunca cambió nada” en El País, 23/12/2009

2/ Este numeroso colectivo científico está compuesto por las personas de todo el mundo con más y mejores conocimientos sobre la cuestión y que por encima de sus ideologías y a partir de datos concluyentes han demostrado el origen antropogénico (derivado de la acción humana) del calentamiento como consecuencia de la emisión de GEI en el Segundo Informe de Evaluación del IPCC (1995).

3/ Existe en el seno del capitalismo un optimismo tecnológico que confía en poder paliar los problemas sobre la base de avances técnicos y así rehuir de erradicar las causas materiales y sociales que generan los mismos. Sin despreciar el papel de la tecnología conviene que el movimiento social no sea rehén del papanatismo tecnológico. Además más allá de los discursos, en la realidad en la misma UE que tiene planes ambientales y de I+D+i sobre la cuestión en principio más ambiciosos que otras potencias, las patentes teóricamente adecuadas a las normas ambientales representan un porcentaje de tan sólo el 2,5% del total de las registradas.

4/ El País Semanal, 21-9-08. El magnate como es de suponer no se mueve por motivos altruistas, simplemente piensa en términos inteligentes para proteger el sistema capitalista.
5/ Cabe la posibilidad que se financie a expensas de la magra “ayuda al desarrollo”.
6/ Ya que las fuentes citadas contemplan recursos a emplear en los países industrializados, en las potencias emergentes y en los países empobrecidos, no así las de “ayuda” comprometidas en Copenhague.
7/ En mi opinión el rigor en los cálculos no siempre acompaña a los informes de los organismos oficiales que según en que documento pueden dar una u otra cifra sin mediar explicación.
8/ El País, 2-10-08. Cabe recalcar que se refiere a la caída en términos PIB, no en términos del mero valor contable atribuido como el caso de la depreciación de las acciones tras la crisis financiera.
9/ Fuentes: Congressional Budget Office y Biblioteca NASA.
10/ Profesor y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.
11/ Sachs, J., “La política climática del carbón” en El País, 6-12-2009, tomado de www.project-syndicate.org
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27 de Diciembre de 2009 www.enlacesocialista.org.mx