Enlace Socialista

Proletarios del mundo uníos

Bloques de poder, relación entre las clases, política y poder popular en América Latina

Conferencia magistral en el Centro de Estudios Latinoamericanos (UNAM), el 21 de febrero

 

¿DÓNDE ESTAMOS? ¿ADÓNDE VAMOS?

Bloques de poder, relación entre las clases, política y poder popular en América Latina

 

Guillermo Almeyra[1]

 

Casi treinta años de políticas neoliberales se acercan a su fin, incluso en los países más industrializados. Asoma de nuevo la sombra del proteccionismo y, por supuesto, está en el orden del día la intervención poderosa del Estado para salvar a los bancos y a las empresas financieras de los efectos del estallido de la burbuja especulativa. A pesar de los poderosos medios técnicos y financieros de que disponen, los grandes capitalistas de Estados Unidos (y del resto del mundo) y los economistas más serios ven la posibilidad de una crisis de grandes proporciones, semejante a la de 1929. Esta, como se recordará, dio origen al New Deal en Estados Unidos, favoreció el cardenismo en México y la radicalización de los movimientos de masas, impulsó la industrialización en la Argentina, provocó la República y la guerra civil en España, así como los gobiernos de Frente Popular en Francia y Chile,apoyados en socialistas y comunistas  y, al mismo tiempo, llevó a las potencias imperialistas más débiles –y a todo el capitalismo- hacia la guerra mundial para reducir el exceso de mano de obra , transformando en ejércitos los desocupados japoneses, italianos, alemanes- y también el exceso de capitales, estableciendo una industria monopolística de guerra.

La hegemonía de Estados Unidos se está desmoronando aunque Washington mantenga un poderío económico económico y militar gigantesco. Después del abandono del patrón oro mantuvo al dólar artificialmente, sobre la base de esa hegemonía que le permitía emitir sin control alguno la moneda mundial de referencia. El terrible desorden monetario y económico resultante de ese aventurerismo es el resultado. Ahora, después de treinta años de aparente estabilidad y crecimiento de la economía (estimulada por los gastos de guerra y por el derrumbe inglorioso de la Unión Soviética y su bloque en Europa Oriental y por el pujante desarrollo capitalista de China, llega el momento de pagar la factura.

La crisis no es sólo del sector financiero. Es una crisis de las grandes economías, porque Europa, que tiene cuantiosas inversiones en Estados Unidos y exporta hacia éste mercancías y capitales, no puede mantenerse aislada de lo que le pase a su aliado. Y China o la India, que poseen enormes reservas en dólares que tenderán a devaluarse y dedican una parte muy importante de su economía a la exportación de mercancías y servicios hacia Estados Unidos, sufrirán el embate del tsunami económico estadounidense. Por supuesto, no hay situaciones sin salida. Pero la “salida” de la carrera hacia delante, hacia lo desconocido, la de la guerra, en lo inmediato no es posible para Washington. Hace rato que tiene sus planes estratégicos listos para invadir Irán, apoderarse del gas y del petróleo, dar un golpe durísimo que redimensione a Rusia, que se levanta de la crisis y que se rearma buscando una sinergía con China, aplastar a China antes de que se afirme como gran potencia en el Pacífico y como amenaza al poder del imperialismo estadounidense. Pero el empantanamiento en Irak y en Afganistán hacen imposible mandar más tropas (aunque siempre sea posible bombardear a los países del “Eje del Mal” sin tener que mandar soldados a morir en ellos) y la combinación entre las elecciones y la crisis política en Estados Unidos mismo, esta crisis militar y de su política exterior y la crisis económica creciente, dificultan grandemente la realización de grandes aventuras militares inmediatas, que Washington no se puede permitir por razones políticas internas y por razones económicas.

Lo más probable es que se desarrolle un factor siempre presente en la política estadounidense, que en los últimos decenios estuvo muy en segundo plano: el aislacionismo, el proteccionismo económico, el intento de desarrollar y mantener el mercado interno estadounidense, que sigue siendo de lejos el mayor del mundo. La crisis económica, política y militar podría retrotraer a Estados Unidos al papel que tenía antes de la Segunda Guerra Mundial y dejar el campo mundial a la merced de los avatares del multilateralismo (China, sola o aliada con Rusia y la India, Japón, aliado con Estados Unidos o con China, Europa, que es un gigante económico pero políticamente no es nada, profundamente golpeada por la crisis económica todavía por venir y dependiendo de la gran potencia militar y energética europea, que es Rusia). Entramos en una fase de la política mundial rápidamente cambiante y con múltiples posibles desenlaces.

Con esta crisis que viene se cierra también la era que comenzó con la Revolución Rusa y las otras revoluciones después de la primera guerra mundial. Como no triunfó la revolución socialista en Europa el mundo conoció los horrores de la burocratización de la Unión Soviética y de la barbarie burocrática stalinista que favoreció el ascenso de Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, dio tiempo y margen a Estados Unidos  para que dejase de ser una potencia regional para convertirse en la primera potencia mundial. Las condiciones prerrevolucionarias existentes en Europa después de la caída del nazifascismo fueron rápidamente eliminadas por el Pacto de Yalta y la política de los partidos comunistas sometidos a la Unión Soviética de reconstrucción del capitalismo. La revolución colonial, que triunfó en China y se extendió a todos los continentes, poderosa pero aislada, llevó al triunfo en todos los países de inestables burguesías nacionales neocoloniales y al desarrollo en China y la India de poderosas burguesías nacionales que se apoyan en el capitalismo de Estado. Pero el capitalismo entra en descomposición en el centro y su desarrollo en la periferia no compensa ese deterioro sino que, por el contrario, agrega más factores al caos económico y político.

A un siglo del fin de la Primera Guerra Mundial y de las primeras revoluciones (rusa de 1905, persa, china de 1910, mexicana, rusa de 1917, china de 1927-50), el mundo se encuentra ya preparado para otras revoluciones y hasta para otro conflicto mundial masivo. Pero en condiciones absolutamente diferentes. Antes de 1914, el mundo estaba dividido entre las grandes potencias europeas. Hoy el colonialismo directo ha muerto (salvo en Puerto Rico, Palestina y en el Caribe “francés”). Japón estaba conquistando China entre las dos guerras y hoy China está siendo el eje de la política oriental y Japón es un país rico pero subordinado. La India es una gran potencia y no la principal colonia inglesa; los principales países latinoamericanos, aunque aún son dependientes, se han desarrollado y tienden a independizarse del imperialismo. El stalinismo y la burocracia soviética, que a escala mundial eran el principal factor contrarrevolucionario y la base de la coexistencia con el imperialismo,  han desaparecido. El desarrollo del conservadurismo y de la reacción en Europa es compensado por el progreso de los movimientos sociales en América Latina y por la crisis de dominación de las clases gobernantes en Ecuador, Venezuela, Bolivia, incluso Argentina y Brasil (a pesar dela existencia en estos dos últimos de gobiernos que están lejos de buscar un cambio social). Antes de 1914, millones de personas tenían esperanzas en un futuro socialista y lucharon por él. Hoy las grandes masas no son socialistas ni siquiera en los países que dicen serlo. Pero vivimos en una fase de transición en la que los movimientos sociales son anticapitalistas y en muchos países latinoamericanos los pueblos buscan, por sus propias vías y de acuerdo con sus propias experiencias, cómo unir su liberación nacional con la liberación social. Si un país pobre, de campesinos desprovistos de todo, como Vietnam, derrotó a Japón, Francia y Estados Unidos y politizó al pueblo de este último, si Irak es para Washington una aventura insostenible por sus efectos internos, en Estados Unidos mismo, de una nueva guerra mundial saldrían decenas de revoluciones anticapitalistas o nacionalistas antiimperialistas. Los dirigentes de ellas, como en las guerras de Independencia de 1810-20 o en las revoluciones entre las dos guerras, nacerían de los sectores más insospechados porque el repudio al capitalismo ha penetrado también en los ejércitos, en las Iglesias, en sectores de la intelectualidad de los países dependientes a pesar de que la batalla ideológica, hasta ahora, ha sido ganada por el capitalismo. No hay que olvidar que, mundialmente, estamos en la fase de completamiento de la Revolución francesa, de conquista de la democracia, de la independencia nacional, de la fraternidad y la igualdad, pero esta Revolución Francesa estaría enlazada con el anticapitalismo. Comienza a ser posible la autoorganización, la autogestión, la autonomía en vastos sectores de los países latinaomericanos. Y el pensamiento crítico se abre camino mientras la subordinación a los aparatos burocráticos pierde terreno, como se ve en Cuba o en Venezuela.

Si la recesión se profundiza, casi simultáneamente,  en los países que son pilares de la economía  mundial, no será posible el retorno acelerado de los capitales de las grandes transnacionales a sus países de origen, trayendo nueva liquidez, como sucedió con la crisis en el Sudeste asiático, que fue una crisis importante pero localizada. Las nuevas burguesías china, rusa, la india y hasta, en escala menor, la capa de los bolimillonarios venezolanos recibirán un duro golpe. Y las transnacionales, que obtienen en el exterior una tasa (y una masa) de ganancia muy superior a la que logran en su país de origen, recibirán todo el impacto del llamado tsunami financiero que ellas mismas ayudaron a nacer con su especulación con los bienes a futuro. Muchas se fusionarán para no ir a la quiebra y otras incluso desaparecerán. En China, el problema de la diferencia entre el campo y la ciudad y el de la desocupación de cientos de millones de personas constituyen ya hoy una hipoteca que no puede ser levantada –menos aún en una crisis mundial- dejando la solución en manos de la extensión del mercado, por importante que sea potencialmente el mercado interno chino, con sus vastas necesidades insatisfechas. Además, si aumentase el proteccionismo en los países metropolitanos y China tuviese que reducir su crecimiento y sus importaciones, los países más importantes de América Latina verían muy afectadas sus exportaciones.

 

 

La crisis y América Latina

En América Latina en los últimos años- con excepción de México y de los países centroamericanos que han tenido ritmos económicos diferentes- la mayoría de los países ha visto crecer mucho tanto su Producto Interno Bruto como su PIB per cápita y reducirse, a veces de modo importante, como en Argentina, el número de pobres y de gente en pobreza extrema (aunque la pobreza y la miseria siguen siendo grandes). Incluso el movimiento obrero ha podido arrancar aumentos que superan el índice de inflación, recuperando parte del poder adquisitivo perdido en décadas anteriores. Ello constituye una de las bases del mantenimiento de la popularidad –por negación, por comparación- de gobiernos como el de los Kirchner o el de Lula, mezcla de neodesarrollismo con neoliberalismo porque los sectores populares no comparan su situación actual con la del pasado peronista (1945-1955) o varguista sino con el desastre económico y social provocado recientemente en los años 90 por las políticas neoliberales de Carlos Menem, en Argentina, o de Fernando Henrique Cardoso, en Brasil, y se contentan -por el momento- con respirar un poco más.

Pero la contracción de los mercados de exportación, en la eventualidad de una gran crisis mundial, cambiará bastante las cartas sobre la mesa. El precio del petróleo, por ejemplo, con un menor consumo tenderá a bajar al menos en un 20 por ciento, si no más, y la renta de posición de los países exportadores se reducirá ya que dispondrán de ingresos menores por esa caída del precio y por la reducción de la cantidad de barriles exportados. Los proyectos de Venezuela y sus apoyos a otras economías, por lo tanto, podrían verse seriamente afectados porque, además, Chávez no ha podido todavía crear ni una industria para el consumo capaz de sustituir importaciones ni una producción agroalimentaria capaz de asegurar la alimentación en un país fuertemente urbanizado y sin base productiva. Cuba, a su vez, podría sufrir el contragolpe de las dificultades venezolanas (aunque bajase el precio del combustible que importa) ya que la factura en concepto de importaciones de alimentos difícilmente se reduzca mucho y una recesión en Europa podría reducir bastante el número de turistas (que no provienen, de las capas más ricas, ya que éstas no van a Cuba, sino de sectores de las clases medias relativamente acomodadas, pero que deberían reducir sus gastos superfluos). La venta de níquel sería igualmente afectada por la reducción a escala mundial del ritmo de producción industrial a pesar de los esfuerzos de los Bancos centrales por estimular las inversiones reduciendo las tasas de interés ya que, si disminuyen el empleo y los consumos, junto con la tasa de ganancia, por más que le ofrezcan dinero barato ningún capitalista pensará en invertir en un mercado que se achica y, por el contrario, tratará de reducir sus costos despidiendo, intensificando la explotación de su personal por el mismo salario, realizando fusiones de empresas, utilizando menos materias primas.   

El actual desarrollo de China y el Sudeste asiático seguirá exigiendo forrajes, oleaginosas y los países que, como Argentina o Brasil exportan dichas commodities mantendrán buena parte de sus mercados actuales, pero las producciones industriales, como la electrónica y la automovilística, no tendrían la misma suerte. Eso rompería el equilibrio actualmente existente entre los diversos sectores burgueses nacionales, a favor de los terratenientes y exportadores y en contra de los mercados internos y del consumo nacionales y aumentaría la presión de aquéllos, proveedores de divisas, sobre los gobiernos que hoy intentan practicar algún distribucionismo y aplicar una política amplia de subsidios (a los bienes de consumo y a los servicios para mantener bajos los salarios reales y altas las ganancias industriales y a los empresarios de todos los sectores, nacionales y extranjeros, como hace el dúo Kirchner). Las contradicciones entre los gobiernos y los sectores principales del capital nacional e internacional podrían aumentar, después de un período de intento de los primeros de satisfacer las crecientes exigencias de los segundos, y también podría reducirse bruscamente el apoyo mayoritario de que gozan los Lula, los Kirchner, Tabaré Vázquez y producirse una radicalización de grandes sectores obreros y populares.

Porque la revolución pasiva en curso –para decirlo con las palabras de Gramsci-se basa en un “consenso negativo” ( el no a Menem, el no a F.H.Cardoso) y los gobiernos no contarían ya con la hegemonía cultural (aceptación de que hay que reducir al Estado y privatizar todo lo privatizable, aceptación del neoliberalismo como superior a la planificación y al estatatilismo) como contaban sus predecesores hoy odiados. Los bloques inestables de poder actuales (burgueses unidos más aparato político ajeno a ellos, más el aparato sindical burocratizado y una mayoría de votos de los trabajadores) podrían saltar hechos pedazos. La legitimidad social y política de los gobiernos que se autotitulan “progresistas” y son, en realidad, gobiernos capitalistas de países dependientes con una política neoliberal mezclada con rasgos neodesarrollistas y con medidas correctas de defensa de la independencia nacional, podría entrar gravemente en crisis.

¿Qué podría pasar en Argentina?

La rápida reindustrialización argentina y el auge impresionante de la construcción (de casas para la clase media y para la alta burguesía, no de casas populares) tuvieron como base la devaluación del peso que multiplicó los haberes de los capitalistas y trasladó a éstos valor, elevando enormemente sus tasas de ganancia al reducir los salarios reales de los trabajadores, sin que fuese necesario elevar la productividad. Esa devaluación favoreció igualmente las exportaciones, al igual que la reducción de las tasas de interés con relación a los años de Menem-De la Rúa. El índice de inversiones llega casi al 22 por ciento anual (21,7). El peso y la resistencia del movimiento obrero se había reducido drásticamente, junto con los salarios reales, gracias a las políticas neoliberales, y el capital se había concentrado y extranjerizado en grados sin precedentes, consiguiendo un poder de negociación aún mayor. Las 500 empresas líderes que en 1997 representaban el 14 por ciento del mercado abarcan hoy casi el 50 por ciento y las más grandes son todas extranjeras mientras las pequeñas y medianas transfieren valor hacia ellas. Pero el desempleo, que en el 2001 llegaba al 24 por ciento, asciende hoy al 7 por ciento y tiende a bajar pues en un país de poco más de 30 millones de habitantes se han  creado tres millones de puestos de trabajo y la demanda de personal sigue aumentando.

Por consiguiente, aumenta el peso objetivo de los trabajadores y de sus sindicatos, a pesar de la burocratización de los mismos y de su carácter de freno de las luchas y también a pesar de que la concentración del capital y las tecnologías intensivas indican que la producción es para el mercado externo y para las clases con consumo suntuario y no para el consumo interno y los bienes salario, lo cual reduce tendencialmente el papel estratégico de los trabajadores en la producción y en el consumo.

La crisis, por lo tanto, encontraría a un proletariado en reconstrucción o en construcción, aunque subjetivamente anclado en parte en el pasado, y a una masa de sectores populares asalariados que difícílmente acepten un nuevo golpe a la Menem. Y encontraría también un gobierno kirchnerista que se resigna a las privatizaciones aunque no ha realizado ninguna nueva, que acepta que todas las palancas de la economía (energía, telecomunicaciones, ferrocarriles, transporte aéreo) estén en manos privadas y que las transnacionales manden al exterior utilidades muy superiores a las que obtienen en sus países de origen y produzcan en la Argentina con tecnología de segunda generación y productividad menor a la del mercado internacional, así como acepta el abandono de la industria de punta, dejando que las transnacionales la importen de sus casas matrices, en vez de hacer trenes, aviones, usinas argentinas. Su neodesarrollismo excluye una industrialización de punta por miedo a tocar los beneficios de los industriales, de chocar con las transnacionales y, sobre todo, de fortalecer al movimiento obrero, comolo haría sin duda si se desarrollase la industria ferroviaria, creando un gremio poderoso y nacional y quitando peso a los gángsters sindicales de los camioneros, o sea, a la CGT, barrera de contención de los salarios, y a los empresarios del automotor .

El gran crecimiento económico de los últimos cinco años ha reincorporado al mercado de trabajo (y a la clase obrera) millones de desocupados, con sus familias. La reducción del movimiento piquetero y su cooptación por el gobierno tiene su base en ese proceso, que enterró además las “teorías” de los que escribían que los piqueteros eran una nueva clase obrera que, además, rechazaba el trabajo asalariado. Incluso el crecimiento de la construcción dio trabajo a cientos de miles de bolivianos, paraguayos, uruguayos, reduciendo el racismo de los trabajadores argentinos ante las diferencias étnicas y lingüísticas y evitando la fragmentación de los diversos sectores que componen la clase trabajadora (obreros industriales más sectores populares asalariados de todo tipo indispensables para la realización de la plusvalía).

El apoyo a la política de los Kirchner no nace de una esperanza sino de un recuerdo: recuerdo lejano de la prosperidad peronista de hace medio siglo y recuerdo cercano y vívido del terrible y doloroso fracaso de los liberales y neoliberales, a costa de los trabajadores y del país. Es un apoyo pasivo y que depende de la esperanza de que desde la cumbre del Estado sigan viniendo posibilidades de desarrollo para los más pobres y para la Argentina. Es un apoyo que se basa también sobre el conservadurismo ideológico del peronismo (nacionalismo, peso del clero, pretensiones de superioridad étnica en el continente) que nadie pone en cuestión porque la ultraizquierda no encara la educación ni la batalla en el campo de la ideología y la vieja izquierda acepta los valores liberales y la concepción histórica de las clases dominantes. El peronismo desde hace más de 50 años es el principal partido del orden, el sostén del régimen capitalista, y lo es con amplio apoyo de masas, aunque fragmentado en mil tendencias internas y en partiditos clientelares provincianos, todos los cuales tienen los mismos valores culturales y políticos que el radicalismo y que buena parte de las derechas clásicas.

El movimiento sindical, que en la época de auge del peronismo disputaba, no el carácter del sistema, sino la distribución dentro del mismo del PIB entre capitalistas y trabajadores, con la crisis se transformó en un aparato más del Estado para controlar las luchas y los salarios y hoy los Kirchner dependen de la corrupta y gangsteril dirección de la CGT para contener la lucha por el aumento de los salarios reales y asegurar el orden dentro de las empresas. Incluso la Confederación de Trabajadores Argentinos (CTA), no reconocida por el gobierno a pesar de las exhortaciones de la OIT, está burocratizada y burocratizados están sus sindicatos miembros, aunque sus direcciones no son gangsteriles ni agentes del gobierno. Eso se debe a que el aumento de la ocupación ha sido más rápido que el aumento de la conciencia política y de la voluntad de independencia de los trabajadores frente al Capital, a la Iglesia, y al gobierno y al papel de las ilusiones en el peronismo, que llevan a todos los sectores obreros a esperar del gobierno, presionándolo cuando mucho para que actúe.

Pero el peronismo no es un partido, los demás partidos clásicos están fragmentados y vacíos y una parte de los mismos ha sido cooptada por el gobierno (comunistas, socialistas, radicales, peronistas de izquierda piqueteros). Como la función hace al órgano, en el caso de una profunda crisis y de la radicalización contra el gobierno y la burguesía de vastos sectores populares, podría surgir la necesidad de otro partido, popular y obrero, con una base principal entre quienes son peronistas pero de saentimientos plebeyos anticapitalistas y con el apoyo de los sectores democráticos que en los sindicatos luchan a la vez por echar a los burócratas gangsters y por obtener conquistas sociales. Si en el pasado el aparato sindical peronista podía encabezar movimientos para lograr resultados materiales y, así, contener a las alas anticapitalistas del movimiento obrero, en condiciones de una crisis generalizada a nivel mundial y con su desprestigio total en el país, hoy no podría ya realizar ese papel. Los obreros podrían aprovechar parte de su fuerza sindical para encarar una salida política y popular, sin depender del aparato sindical ni del peronismo, superándolos, y cumpliendo con los movimientos obreeros y populares, como en Bolivia con el MAS o en Venezuela, el papel de un partido político no dependiente totalmente de la cumbre sino horizontal. Pero eso requeriría un profundo salto en su conciencia política, que en parte dieron algunos sectores, como los que recuperaron las fábricas o los que realizaron las asambleas populares, para elaborar reivindicaciones que vayan más allá del marco del capitalismo.

Hoy el kirchnerismo le apuesta al aprovechamiento del hambre de soja y oleaginosas, sobre todo en China, o sea, a mantener el control de unas 40 familias sobre el campo argentino a costa de los campesinos y de la producción de alimentos  (carne, trigo, leche, cerdos) y le apuesta al contenimiento de los salarios reales para hacer una alianza con los industriales y lanzarse a la utópica construcción de una burguesía nacional totalmente subalterna frente a las transnacionales que son dueñas de los bancos, la gran industria, los grandes almacenes, la energía, las telecomunicaciones.

La crisis mundial pone en cuestión ese proyecto y su propia supervivencia. El gran problema en la Argentina es crear una izquierda política en los movimientos reales, no en la lucha meramente sindical corporativa, y dar un programa con ideas-fuerza para la potente izquierda social.

 No hay gobiernos “progresistas” sino gobiernos capitalistas con políticas no sólo neoliberales. Porque el mismo concepto de “progreso” parte de que éste es con relación al liberalismo, y de que el “progresismo” consistiría en querer mezclar las actuales políticas liberales con otras que las atenúen. No hay gobiernos “populistas”, como dice Laclau. Porque habría que definir de cuál populismo hablamos, si del de Uribe con su estímulo al nacionalismo antivenezolano en sectores del pueblo de Colombia o el de Chávez, con su idea del control vertical, desde arriba, del movimiento social que le apoya, el de Evo Morales o el de la oligarquía cruceña, que cabalga el localismo y el racismo, que son de masas, arrojándolos contra el resto del país. Los efectos de la crisis mundial en nuestros países servirán para aclarar las cosas, esperemos que también para tantos intelectuales huérfanos de sus ilusiones en el “socialismo real” o en los “Grandes Líderes”, como Perón, y que esperan colgarse de algún Salvador, aunque el mismo tenga  la verborragia vacía de conceptos del binomio Kirchner.

 

¿Qué podría pasar en Brasil, en Uruguay o en Bolivia?

En la lucha contra la dictadura militar el pueblo brasileño, a diferencia de otros, creó dos instrumentos nuevos: los sindicatos que dieron origen a la Central Unica de los Trabajadores  (CUT) y el Partido de los Trabajadores (PT), con base en dichos sindicatos, en los restos de la izquierda anticapitalista y en las Comunidades Eclesiásticas de Base (CEB), o sea, en el socialcristianismo radical. Derribada la dictadura, el objetivo fue ampliar la democracia y darle un contenido social. En los ochenta y noventa, bajo el impacto de la situación social, ambos instrumentos se burocratizaron, perdieron mucho de su radicalismo, se conservadorizaron y, en partes importantes de sus direcciones, se corrompieron. Pero, como la política es una relación entre fuerzas sociales, la existencia de una derecha social fuerte (empresarial, terrateniente, exportadora, ligada al capital financiero internacional) coloca a quienes la enfrentan, aunque no presenten una alternativa anticapitalista, como izquierda y como centro para la unificación y la formación política masiva de los oprimidos y explotados. Nadie abandona herramientas para una tarea urgente y necesaria si no tiene otros mejores: la CUT y el PT, por lo tanto, siguen siendo, con todos sus evidentes defectos y carencias, instrumentos para resistir a la derecha y, en condiciones de crisis mundial, serán utilizados sin duda para eso. Ante la necesidad de instrumentos para la centralización de la voluntad política de resistir las ofensivas del capital y de cambiar el país, quienes los construyeron no podrán prescindir incluso de esas armas incómodas y sin filo, pero que no han sido reemplazadas por otras mejores  ni lo serán en lo inmediato.

La Iglesia católica ha sido “normalizada” por el pastor alemán que se sienta en el Vaticano y no es ya favorable a las CEB, la desilusión de vastos sectores de clase media ante la corrupción del PT y del gobierno de Lula y ante las política económicas generales de éste, favorables al capitalismo, ha sido grande; también los campesinos sin tierra del MST, después de esperar en vano la reforma agraria prometida, toman distancia del PT y del gobierno, aunque se oponen constantemente a la derecha. Las condiciones, por lo tanto, no son las de 1977 y la ultraizquierda dedica la mayor parte de sus fuerzas a combatir contra Lula y el PT que a preparar políticamente a los oprimidos y explotados de Brasil. Además, las realidades locales, en ese país inmenso, pesan muchísimo y en São Paulo, junto a una gran concentración de obreros, hay un sector burgués industrial y una clase media acomodada muy reaccionarios. En el caso de una crisis mundial  que afectará de modo diverso los cultivos industriales, los alimentarios, el campo, la ciudad, la industria, los servicios, los consumos de los diversos sectores sociales, esa diversidad entre las regiones brasileñas y en cada una de éstas, entre el campo y las ciudades, se agravará. Pero eso, probablemente, dará mayor peso a los instrumentos unificadores, aunque al mismo tiempo sin duda los transformará profundamente.

La alianza entre el PT-Lula y buena parte de la derecha muy probablemente saltaría y, so pena de perder toda legitimidad política y social, la izquierda oficial tendría que afianzar un bloque con los trabajadores y los oprimidos que, como el MST, siguen presionando por la izquierda y podrían contar con condiciones para una masiva ocupación de tierras, haya o no una reforma agraria para ampliar el mercado interno con el fin de compensar con el consumo popular la reducción de los mercados externos.

En Uruguay, el país con mayor politización y tradiciones democráticas de nuestro continente, Tabaré Vázquez gobierna apoyado no en un partido sino en algo semejante a la Confederación de Tribus Iroquesas, o sea, el Frente Amplio, donde está la derecha, como el socialista Danilo Astori, ministro de Finanzas, el centroderecha (el mismo Vázquez), los centristas moderados y diversos matices de izquierda. Lo único que une a esa cesta de cangrejos es su oposición a los partidos tradicionales (Blancos, nacionalistas, y Colorados, liberales clásicos). Pero el programa que propuso el Frente Amplio para el futuro fue la reconstrucción del pasado, o sea, de la política del ex presidente José Batlle y Ordóñez a principios del siglo pasado: una política estatal laica, democrática y desarrollista, que es irrepetible en las actuales condiciones mundiales y uruguayas.

Según el censo del 2001, en Buenos Aires hay 117 mil uruguayos y entre 1960 y 1980 emigró a la Argentina el 8 por ciento de la población del Uruguay, cifra que es de aún mayor importancia si se tiene en cuenta que la inmensa mayoría de los emigrados son adultos productivos. Por lo tanto, no se puede separar lo que podría pasar en el lado oriental del Río de la Plata de lo que podría suceder en la Argentina, del otro lado del río, dada la historia común y los lazos económicos entre ambas Repúblicas, que anteriormente estuvieron unidas en una Federación de Provincias. Además, desde la creación del Mercosur, ha crecido mucho la influencia económica de Argentina y de Brasil sobre este pequeño país con el cual tienen estrechas relaciones y grandes fronteras. Por la composición social y las tradiciones políticas de Uruguay, el movimiento obrero y sindical es más fuerte de lo que permitiría suponer el escaso desarrollo industrial y la desocupación imperante y ya ha manifestado sus diferencias con el gobierno que toda la izquierda social uruguaya llevó al poder estatal. Los efectos de una crisis mundial reduciría también la venta de lanas y carnes y el turismo hacia Uruguay de sectores de las clases medias no acomodadas de los países limítrofes. La protesta social se canalizaría, muy probablemente, por los canales tradicionales de la izquierda: los sindicatos con influencia anarquista y socialista de izquierda, una parte del partido socialista y de la izquierda no tradicional que no evolucionó hacia la derecha, como los dirigentes exTupamaros. Tal como en el caso de la Argentina, sin embargo, la visión fundamentalmente local, nacional, de los problemas retarda la redacción de un programa común para la liberación de la región, la coordinación de las luchas, la discusión teórica y programática.

Bolivia constituye el eslabón más débil del conjunto que muchos caracterizan como “gobiernos de izquierda” o “progresistas” pese a las grandes diferencias que existen entre los diferentes casos. Lo es porque el Estado siempre ha sido muy débil en Bolivia, por la falta de consenso y por la ruptura con la sociedad real y porque en el país se entremezclan, caóticamente, tres revoluciones, la descolonizadora y reivindicadora de los derechos étnicos de las mayorías, la nacional, de independencia frente al imperialismo y la social, con tendencia anticapitalista. Eso hace de Bolivia, a la vez, el eslabón más fuerte, socialmente, de la cadena de cambios en América Latina, ya que la profunda politización de los trabajadores y pobres bolivianos viene desde la guerra perdida en el Chaco, en los años treinta, con gran continuidad. Lo que pasa en Bolivia no se explica por Evo Morales sino que Evo Morales –sus fuerzas y sus debilidades- se explican por las características del proceso revolucionario reptante que vive Bolivia desde hace rato. La derecha –con base terrateniente, soyera, ganadera, en el Oriente y apoyo en el localismo y el racismo de la mayoría de las clases medias de esa región- quiere romper la unidad estatal porque un Estado plurinacional acabaría con sus privilegios étnicos, una reforma agraria desarrollaría una agricultura campesina productora de alimentos y el mercado interno –y no la exportación de forrajes transgénicos por los terratenientes usurpadores de tierras fiscales – y porque quiere robar la parte de los recursos energéticos que servirían para otras regiones del país y para la industrialización y el reforzamiento del número de obreros, que la debilitaría políticamente. El gobierno boliviano intenta correctamente buscar una solución política, postergar el conflicto abierto, negociar miewntras pueda para evitar una costosísima guerra civil que lo enfrentaría,m además, a los aliados imeprialistas (o brasileños y argentinos) de la oligarquía cruceña. Pero quiere conciliar lo inconciliable, modificando incluso la Constitución recién aprobada, utilizando esencialmente el aparato estatal y no la combinación entre éste y la movilización popular con la que amenaza a sus enemigos pero a la que recurre. Está paralizado por su propio invento teórico –el capitalismo andino, o sea la unión entre la media industria y los ayllus comunitarios- ya que la media industria sigue a la gran burguesía  y teme la organización obrera y popular. La iniciativa está en manos de la derecha. Ahora bien, revolución que no avanza, retrocede y sectores importantes de las clases medias urbanas mestizas empiezan a modificar su actitud inicial y a inclinarse por la derecha. La vociferante aunque débil ultraizquierda, como siempre, ayuda a la derecha al acusar a Morales de traidor y de no realizar el socialismo, cosa que es imposible en un país pobre y solo como Bolivia, sin ver los pasos que da en contra de las transnacionales y del imperialismo (que son el capitalismo real). Como en el caso de todos los gobiernos “progresistas” es necesario apoyar todos los pasos positivos que éstos den contra el gran capital o por la vía de la democratización del Estado (como, en Argentina, la condena a los represores militares) pero reconociendo al movimiento social real y comprendiendo que éste no puede avanzar en forma permanente y espontánea sino que hay que luchar en él por su independencia política  y por su elevación teórica anticapitalista e internacionalista, no meramente democrática nacional. El MAS boliviano no es un partido sino un pool de movimientos sociales y de sindicatos: esa es su debilidad, ya que lo mina el corporativismo y el sindicalismo, que son excluyentes,  y a la vez su fuerza porque le da la posibilidad de ser sensible en todos los terrenos. En vez de pensar teorías para el desarrollo capitalista de un país que el capitalismo condena a ser colonia y al atraso, convendría pensar en cómo unificar los movimientos heterogéneos detrás de objetivos comunes anticapitalistas. O sea, cuál debería ser la política socialista para la transición en un país pobre y campesino en revolución. Y asegurar las bases materiales de esa teorización con una vasta revolución agraria y una audaz expropiación del gran capital extranjero. Porque la crisis mundial podría golpear mucho a la economía boliviana – pérdida de mercados, cese de posibles inversiones, retorno de em igrados- y conviene enfrentarla antes en las mejores posiciones de fuerza posible y con la población pobre y oprimida o explotada movilizada y organizada, no desmovilizada y a la espera de las soluciones que les puedan proponer desde el gobierno.

 

Los gobiernos “socialistas” de Cuba y Venezuela

He hecho ya mención a las dificultades económicas que podrían encontrar. A ellas se agrega que el socialismo no se decreta desde el gobierno sino que se construye en la conciencia de la mayoría de la población. Incluso en el caso de Cuba, es mayoría es antiimperialista, pero no socialista, entre otras cosas porque se educó durante decenios en el “socialismo real”, antidemocrático, paralizante, burocrático, verticalista y quedifundía valores capitalistas y no construía conciencia socialista. Por supuesto, en Cuba hay centenares de miles de socialistas aunque no se hayan podido preparar teóricamente y es permanente el espíritu democrático, internacionalista que desde Martí hasta la Revolución de 1959 ha caracterizado a lo mejor del pueblo cubano (lo peor, en muchos casos aunque no en todos, está en Miami y el pueblo así se autodepuró). Si el derrumbe de la Unión Soviética en 1989 causó un terremoto en Cuba, el mismo fue sobre todo económico. La posible gran crisis mundial que se viene encuentra a los trabajadores cubanos que se preocupan políticamente en una movilización para la reconquista de espacios democráticos y para la desburocratización. La crisis, como un latigazo, podría estimular ese proceso y en Cuba podría surgire, a diferencia de otros países, más fácilmente un movimiento socialista de masas en cuanto puedan asimiular la historia del llamado “socialismo real” y recoger sus tradiciones libertarias y de autoorganización. En vez de tratar de apuntalar al aparato como hacen tantos supuestos “amigos de Cuba” (que antes eran “amigos de la Unión Soviética” y encontraban todo bien “para no dar armas al enemigo”) habría que dar armas a los amigos, a los socialistas, ayudándoles a prescindir –en todo lo que sea posible- de los burócratas basando la revolución en la autogestión y la creatividad de los trabajadores cubanos. Para Cuba, como para Venezuela, las dificultades de todo tipo pondrán también  en el orden del día la posibilidad de una agresión militar imperialista. Las fuerzas militares son desproporcionadas y la principal fuerza será la conciencia revolucionaria de la población. En nombre de la defensa nacional, que requiere centralización militar, sería criminal frenar el desarrollo de la misma y de la autogestión y la autoorganización de los trabajadores. El ejemplo de la Revolución Española está aún vivo, aunque pocos lo recuerden en Cuiba y en Venezuela.

En Venezuela, a diferencia de Cuba, la burocracia no es una enfermedad del aparato estatal sino en buena medida la expresión de una aguda lucha de clases en el mismo entre las clases poseedoras y dominantes –que no se exiliaron sino en muy pequeña medida a Miami, a diferencia de las cubanas- y los trabajadores venezolanos y oprimidos de todo tipo, que se apoyan en una parte del aparato estatal y de las fuerzas armadas, los nacionalistas cesaristas que dirige Hugo Chávez. Los burócratas venezolanos no son sólo la expresión del atraso político del país y de la falta de intervención protagonista de su movimiento de masas sino que son el tentáculo, el seudopodio, de la burguesía en el aparato estatal, el cual  sigue siendo burgués y antidemocrático. La lucha contra la burocracia, por lo tanto, no se puede librar solamente con métodos burocráticos y desde ese Estado. Y la fidelidad del aparato, y de las mismas fuerzas armadas, al gobierno nacionalista y antimperialista de Chávez (al cual hay que defender con todas las fuerzas, como al de Cuba), depende de la capacidad de organización, independencia política y movilización de los oprimidos y explotados y de su claridad política y teórica que no puede provenir de otro aparato burocrático, como el Partido Socialista Unido  creado por Chávez. Los órganos de poder popular deben cumplir funciones no contra los ministerios o las autoridades sino independientemente de los mismos y bajo el control de las asambleas: no hay otra vía para controlar traiciones, deformaciones, la corrupción, el autoritarismo y los privilegios, que son contrarrevolucionarios. Los trabajadores y pobres de Venezuela, predominantemente urbanos, no tienen una tradición y una educación productiva porque desde siempre la renta petrolera creó una especie de “plebe” romana que dependía del distribucionismo y de los subsidios de un Estado que no desarrolló una industria ni una agricultura ni tampoco una cultura del trabajo. La revolución pone otro orden diferente del burgués, pero orden al fin. Y la crisis que vendrá obligará a contar con una agricultura autosuficiente para asegurar la alimentación de las grandes ciudades, con campesinos productivos, con una agroindustria local eficiente, con la producción de máquinas herramientas. Eso es parte de la defensa de Venezuela. Si Stalin modernizó a la atrasadísima y campesina Rusia con las deportaciones y el terror, a costa de los campesinos, hoy debe hacerse con éstos, apelando a su moviliz<ación y conciencia y acompañando y reforzando su autoorganización con la ayuda y la inversión estatal, sobre todo en salud y cultura, como está haciendo en parte el chavismo.

 

México, México

Todos coinciden en que una gran recesión en Estados Unidos- ni hablemos de una gran crisis mundial- hará bajar el precio del petróleo mexicano y, por consiguiente, los ingresos del Estado y de quienes ordeñan a PEMEX, reducirá las remesas de los compatriotas que están del otro lado y también el turismo extranjero y nacional. El gobierno usurpador y del gran capital se prepara para ello con leyes liberticidas, avanzando hacia la privatización de PEMEX, acabando con los campesinos. Está librando ya una guerra civil oculta contra los salarios reales, las conquistas sociales (como las leyes laborales o el segurom social) que son salarios indirectos o diferidos. Busca extraer aún más plusvalía relativa de los trabajadores y, al mismo tiempo, aumentar la plusvalía absoluta alargando su tiempo de trabajo de modo inverosímil.

La migración fue durante mucho tiempo una válvula de escape a la tensión social y, al mismo tiempo, un poderoso factor conservador ya que quien se iba aceptaba incorporarse en las peores condiciones posibles de discriminación y salariales a la explotación en el extranjero y, con el dinero que mandaba, aseguraba la paz social en su pueblo. La crisis pondrá eso en cuestión y las expulsiones o el retorno de los emigrantes podría facilitar la resistencia popular a la política hambreadora y desnacionalizadora del gobierno usurpador y clerical. El consenso parcial que éste disfruta, en regiones más desarrolladas  desde el punto de vista  de las relaciones capitalistas y más atrasadas política y culturalmente o en vastos sectores de las clases medias urbanas racistas y más acomodadas, podría sufrir un gope ya que los mismos sectores que hoy lo apoyan serían afectados por la situación política y el tercio de mexicanos que no vota podría comenzar, en cambio, a protestar.

Calderón, inevitablemente, debe terminar la obra dejada por la mitad por Salinas y borrar la anomalía que constituyen las zonas zapatistas en Chiapas. Eso era previsible desde antes de las elecciones y hace aún más grave la actitud de la Otra Campaña que no buscó fortalecer un frente único en la lucha, manteniendo sin embargo su independencia política y sin votar por López Obrador, con los 15 millones de mexicanos que votaron por éste contra Calderón y que no son borregos del PRD. La falta de apoyo al Diálogo nacional, por un buen tiempo a la lucha de la APPO, y ahora a la movilización campesina, después del fracaso de la gira de Marcos, acentúa desgraciadamente el relativo aislamiento del EZLN en vísperas de un ataque contra las zonas zapatistas, cualquiera sea la forma disfrazada que el mismo adopte.

El grave problema para los explotados y oprimidos de México es que la crisis económica golpeará cuando hay una crisis de programa, de ideas, de dirección, ya que un sector político espera todavía ganar las elecciones en 1912, como si México no formase parte del mundo, y otro desarrolla el ombliguismo y dice que “no hay que mirar a Bolivia” (a pesar de que su base es indígena) o no apoya la movilización campesina y de los consumidores de maíz (a pesar de que su base es campesina) en nombre de una supuesta pureza ultraizquierdista que desmoviliza y confunde a los trabajadores.

La lucha contra la represión, por la libertad de los presos políticos y sociales, por los derechos democráticos, la lucha por mantener las conquistas sociales, por defender a PEMEX de la privatización, por el respeto a las autonomías indígenas en Chiapas y en Oaxaca, podrían ser el eje de un programa común de movilización y de un amplio Frente Unico Popular y Democrático para prevenir en mejores condiciones sociales y políticas los efectos devastadores que podría tener una crisis mundial sobre la sociedad mexicana.

En todas partes los partidos políticos se han trasformado en aparatos del Estado y desprestigiado, reemplazan el aporte de sus militantes por el dinero de las empresas y creen en el sondeo de opinión hecho por empresas especializadas como si vendieran un jabón y en el espectáculo (fotos, aparición en televisión, etc). Pero eso se debe al escaso peso de los movimientos sociales (en la Argentina en los últimos cinco años no ha habido un  paro nacional, en México nunca) pero el desarrollo de  las movilizaciones pondrá en el orden del día la creación de partidos ad hoc, como sucedió en Bolivia, con el MAS, o en Venezuela e incluso en México en 1988. Hay que recurrir a las armas de las ideas y organizar a éstas en forma material, en poder popular y en un programa con ideas-fuerza porque la dominación material del capital sólo puede ser destruido por otra fuerza material.

 

15 de febrero del 2008      

 

 



[1] Doctor en Ciencias Políticas y Maestro en Historia, SNI III, profesor de posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

15 de febrero de 2008 www.enlacesocialista.org.mx