Resolución de la Liga de Unidad Socialista sobre la defensa de áreas naturales y en favor de la conservación del ambiente



Categoría: Ecología

Resolución de la Liga de Unidad Socialista sobre la defensa de áreas naturales y en favor de la conservación del ambiente

El surgimiento de movimientos ambientalistas, así como la simpatía que éstos han recibido en la opinión pública, representan desarrollos muy alentadores. Se trata de expresiones de reflexión y descontento, pero que también han llegado a realizar llamados a la acción, contra la destrucción a gran escala del ambiente que sustenta la vida en nuestro planeta.

Al iniciar el presente siglo, se ha venido agravando la contradicción entre el desarrollo capitalista (basado en la propiedad privada y en la apropiación individual del producto excedente que debería corresponder a la sociedad en su conjunto) y la capacidad de la naturaleza para soportar el alto grado de explotación posibilitado por el nivel de organización social actual. Por ello, los movimientos ambientalistas representan un desarrollo positivo que posibilita hacer consciente esta contradicción, y los socialistas debemos adoptar una política de participación positiva hacia ellos.

Al señalar al capitalismo como causa principal del daño en gran escala al ambiente, no estamos exentando de responsabilidad a los regímenes estalinistas (y, por si hiciera falta señalarlos, sus continuadores) por la extensa e irresponsable destrucción del ambiente perpetrada en la ex Unión Soviética, Europa Oriental y China.

Gracias al éxito que las sociedades humanas hemos tenido en cuanto a poblar las más variadas regiones geográficas, y especialmente al poder que han alcanzados los medios de producción, nuestras sociedades se han convertido en una fuerza de considerable magnitud frente a una naturaleza planetaria que antaño pareció amenazante (desde el punto de vista de la fragilidad de los humanos ante sus fuerzas), o bien inagotable (desde el punto de vista de la explotación de sus recursos). Hoy, las sociedades humanas tenemos la capacidad de continuar destruyendo o dañando las áreas naturales y el ambiente (incluidos los mares y la atmósfera) a un grado tal que el bienestar de una enorme mayoría de la población humana mundial corre el peligro de verse seriamente mermado, si no es que hasta la vida misma de una parte importante de la población puede estar amenazada.

La destrucción del ambiente no es una consecuencia inevitable del desarrollo de la ciencia, la tecnología, la industria, la agricultura o, en general, del grado actual de organización y del bienestar alcanzado por las sociedades humanas: siempre han existido fuentes alternativas de insumos, así como formas alternativas de producción y transporte, y que la clase capitalista (en su loca carrera por maximizar sus ganancias) o las castas privilegiadas estalinistas (en su insaciable proceso de acumulación de privilegios, en su carrera militar con las potencias capitalistas, y en su supresión de las libertades democráticas y de los derechos civiles) han menospreciado, o de plano ignorado.

Los mitos de la sobrepoblación

A fines del siglo dieciocho y principios del diecinueve, Thomas Robert Malthus (1766-1834) planteó una teoría económica que postulaba que el crecimiento acelerado de la población iba a tener consecuencias desastrosas tales como el hambre o la guerra, ya que los medios de subsistencia (como la producción agrícola) estaban creciendo a un ritmo insuficiente para sostener la mencionada expansión demográfica. El cuadro que pintó, y que predijo que se materializaría para mediados del siglo diecinueve, era realmente apocalíptico: si los vicios de la humanidad no resultaran suficientes para exterminar a la población excedente, entonces aparecerán estaciones del año plagadas de enfermedades (sickly seasons), «epidemias, pestilencia y plagas que avanzarán en formación terrorífica y barrerán con miles y decenas de miles. Si el éxito de éstas resultara incompleto, una gigantesca hambruna atacará por la retaguardia, y de un poderoso golpe nivelará los alimentos con la población» (Malthus: An essay on the principle of population (Chapter VII), publicado originalmente en Londres, en 1798, disponible en http://www.econlib.org/library/Malthus/malPop.html ).

La fascinación que estas elucubraciones de Malthus han ejercido sobre amplios sectores de académicos, personas de negocios y políticos no corresponde, en absoluto, con el éxito que sus modelos tuvieron para representar lo que realmente sucedió en cuanto al crecimiento demográfico y el crecimiento de la producción de los medios de subsistencia: Malthus simplemente ignoraba algunos de los hechos más elementales de la economía agrícola, e ignoraba también, en forma más general, las capacidades creativas y productivas de la sociedad de su tiempo. El hecho es que, desde que escribió sus Ensayos sobre la población, la producción agrícola y ganadera ha tendido a ir adelante del crecimiento demográfico a escala mundial. (Véase el capítulo de E. Mandel sobre la agricultura, que será citado más adelante.)

Por supuesto, lo anterior no se contradice con el hecho que haya habido escasez de alimentos, e incluso hambrunas, a escala local y durante periodos limitados, debidas a los más diversos factores. No obstante estos fenómenos a escala local y regional, la agricultura, la ganadería y la pesca continuaron creciendo a escala global (y, salvo la pesca, lo siguen haciendo hasta el día de hoy). 

Carlos Marx (1818-1883), en el capítulo titulado «La ley general de la acumulación capitalista» de su obra El capital, debatió vigorosamente contra Malthus. Marx consideró que la acogida que tuvo la obra de Malthus se debió al temor que la creciente población (especialmente urbana) inspiraba en la aristocracia, la burguesía y algunos sectores medios de Inglaterra. La peor pesadilla para la gran mayoría de estos sectores sociales británicos contemporáneos de Malthus debió ser (como lo sigue siendo hoy en día para los privilegiados en el mundo) una reedición de la insurrección de grandes multitudes de oprimidos y explotados urbanos, como acababa de suceder con la irrupción de la revolución de 1789 en Francia. Para la aristocracia y los sectores privilegiados conservadores, la creciente población urbana representaba, realmente, una amenaza.

Más adelante, en el citado capítulo de El capital, Marx considera una obra mucho más madura de Malthus que el Essay; es decir, sus Principios de Economía Política. En ella, Malthus aboga por restricciones al matrimonio (entre los trabajadores y, por supuesto, entre los pobres en general), así como otras medidas de control demográfico, con el objeto de frenar lo que consideraba como una sobrepoblación. Marx demuestra de manera rigurosa e inequívoca que, en realidad, a lo que se refieren los economistas políticos burgueses por sobrepoblación corresponde a un ejército de reserva de mano de obra que le es indispensable al capitalismo. Este sistema, que se desarrolla bajo la lógica de la búsqueda insaciable de ganancias, y no en las necesidades humanas, requiere de este ejército de reserva para los momentos en que la producción va en ascenso, o bien para momentos en que requiere de mano de obra para la construcción y las obras públicas. Cuando la producción va en descenso, o cuando el estado se encuentra limitado de recursos, avienta al desempleo a cuanto trabajador que considere superfluo. Pero el desempleo tiene otra fuente, también, y ésta consiste en que la mayor maquinización de la producción tiende a despojar a artesanos y a trabajadores que laboran en industrias menos tecnificadas de su fuente de trabajo, con lo cual se presenta el hecho aparentemente paradójico de que una mayor inversión de capital a escala social produce desempleo entre los sectores desplazados por la nueva tecnología: «El capital actúa sobre ambos frentes a la vez. Cuando su acumulación hace que aumente, en un frente, la demanda de trabajo, aumenta también en el otro frente, la oferta de obreros, al dejarlos "disponibles" al mismo tiempo que la presión ejercida por los obreros sobre los que trabajan obliga a éstos a rendir más trabajo, haciendo, por tanto, hasta cierto punto, que la oferta de trabajo sea independiente de la oferta de obreros. El juego de la oferta y la demanda de trabajo, erigida sobre esta base, viene a poner remate al despotismo del capital» (obra citada, subcapítulo «Producción progresiva de una superpoblación relativa o ejército industrial de reserva»).

Marx termina destruyendo las predicciones de Malthus, y sus teorías sobre la sobrepoblación, con un argumento que, hasta hoy, no ha sido contestado en forma mínimamente satisfactoria por maltusiano alguno. Durante los años 1811 a 1861 (e independientemente de que haya habido periodos de crisis económica), Inglaterra experimentó un crecimiento fenomenal en su producción, acompañado de un fuerte crecimiento de su población. Sin embargo, al mismo tiempo, se presentó un fenómeno que persiste hasta nuestros días en los países industrialmente desarrollados (y, en menor medida, en países con cierto grado de industrialización): el ritmo de crecimiento de la población tiende a disminuir, conforme el nivel de vida tienda a elevarse. (Véanse las cifras que brinda Marx en el subcapítulo titulado «Ilustración de la ley general de la acumulación capitalista»).

Con cifra tras cifra y hecho tras hecho, meticulosamente colectados y cuidadosamente expuestos, Marx demolió en el citado capítulo los mitos maltusianos, fueran de inspiración liberal o conservadora, sobre por qué los pobres eran pobres y los ricos eran ricos. El capítulo termina con otro hecho que los maltusianos tienen atragantado: la gran emigración de Irlanda a los Estados Unidos de América del Norte, a mediados del siglo diecinueve. De una población de 8,222,664 en 1841, Irlanda pasó a 6,623,985 habitantes en 1851. «Vemos, pues, desarrollarse ante nuestros mismos ojos, en gran escala, el proceso más hermoso que la economía ortodoxa podía apetecer para demostrar su dogma de que la miseria proviene de la superpoblación absoluta y de que el equilibrio se restablece mediante la despoblación.» Y, para brindarnos los resultados del experimento, poco más adelante Marx pregunta: «¿Cuáles fueron las consecuencias de esto para los que se quedaron en el país, para los obreros irlandeses curados del mal de la superpoblación?» La respuesta: «Se ha conseguido con ello que la superpoblación relativa sea hoy tan grande como antes de 1846, que los jornales continúen siendo tan bajos, que la angustiosa escasez de trabajo haya aumentado y que la miseria en el campo esté gestando una nueva crisis».

Ernest Mandel (1920-1995) se encargó de actualizar la argumentación de Marx contra el maltusianismo, en su magna obra, Tratado de economía marxista. El capítulo IX (en el Tomo I), está dedicado a la agricultura, y en éste, a su vez, dedica un subcapítulo específicamente a tratar «De las teorías de Malthus al maltusianismo agrícola». Con datos sólidos, Mandel concluye: «La experiencia del siglo XIX ha probado que Malthus se equivocó doblemente. Por una parte, el crecimiento de la población desciende con los progresos ulteriores de la técnicas y de la cultura en los países avanzados. Por otra, la revolución mecánica se adueña, aunque con retraso, de la agricultura y multiplica la producción en una medida muy superior a una "progresión aritmética". Debido a esto, a partir del último cuarto del siglo xix, lo que parece amenazar a la sociedad no es ya la sobrepoblación, sino la sobreproducción de productos agrícolas

La producción agrícola bajo el capitalismo, sin embargo, no es idílica. Mandel explica: «Mientras que sociedades agrícolas como China, Japón, el antiguo Egipto, etc., habían conocido una práctica agrícola racional que conservó e incluso incrementó la fertilidad del suelo durante varios milenios, el Rabbau [erosión acelerada del suelo] capitalista pudo, en ciertas partes del globo, agotar en medio siglo la capa fértil del suelo, el humus, y provocar así una erosión en gran escala, con todas sus nefastas consecuencias.»

Contrariamente a lo que plantearon neomaltusianos como Willian Vogt (1902-1968), y en abierto debate con ellos, Mandel vislumbra el camino de salida para los males que aquejan a la agricultura en la actualidad, y que podemos hacer extensibles a la conservación y recuperación de áreas naturales: primero que nada, la ciencia y la tecnología agrícolas y de manejo de bosques han demostrado la capacidad de mejorar o rejuvenecer tierras que Vogt había dado por perdidas; en segundo lugar, los neomaltusianos subestiman enteramente las capacidades de las sociedades humanas para resolver problemas, de la misma manera que el mismo Thomas Robert Malthus subestimó por completo el potencial que tenía la aplicación de la técnica y de los productos industriales a la agricultura. En tercer lugar, y no menos importante, en los países industrialmente avanzados ha quedado demostrado, sin lugar a dudas, que la elevación del nivel económico y cultural de la población va aparejada de una disminución del ritmo de crecimiento demográfico.

Muy ligadas a esto último, están la lucha, la movilización y la concientización de las mujeres por sus derechos sociales, económicos y políticos, y por el control de sus propias capacidades reproductivas. Más que cualquier medida artificial maltusiana o neomaltusiana, este desarrollo social es el que mayor potencial ha mostrado para disminuir la presión del crecimiento de la población sobre el ambiente. Los socialistas participamos incondicionalmente en el desarrollo de la lucha de las mujeres por sus derechos, independientemente de cualquier consideración demográfica o ambiental; sin embargo, queremos llamar la atención sobre el hecho que la educación, concientización, movilización y lucha de las mujeres tiene consecuencias enteramente benéficas en otras áreas, como lo es la conservación del ambiente.

Para concluir con el tema del maltusianismo y el neomaltusianismo, es de gran importancia hacer notar las consecuencias políticas de las elucubraciones de Malthus y de sus posteriores seguidores: medidas tales como el «crecimiento cero», el control natal en contra de la voluntad de las mujeres, la esterilización forzosa, o los intentos de control policíaco o militar sobre áreas naturales amenazadas no sólo son totalmente contraproducentes, sino que el gobierno que quisiera implantarlas tendría que hacer uso de medidas dictatoriales extremas. Cualquier gobierno que quiera implantar este tipo de medidas, del signo que fuera, se topará con una enorme resistencia, incluso violenta, por parte de amplios sectores de la población. En contraste con el neomaltusianismo, y como ya hemos hecho notar en el caso de las mujeres, y como expondremos para el caso de los pueblos indígenas, existe la alternativa de la movilización y la participación de la sociedad en la solución de sus problemas.

Los recursos más importantes en el esfuerzo de conservación del medio ambiente son, de acuerdo a lo hasta aquí expuesto, la simpatía de la población hacia la defensa del ambiente, su disposición a movilizarse y a realizar actividades en favor de la conservación, la enorme creatividad que la sociedad guarda en su interior, el poder que puede llegar a desarrollar un movimiento de la población trabajadora en defensa del ambiente, y los triunfos de las mujeres en la lucha por sus derechos.

La biosfera: Los seres humanos deben ser tratados como tales, y no como una plaga

La destrucción de grandes áreas naturales es atribuible, en mayor medida, a desplazamientos humanos forzados por la expansión de formas de producción asociadas a los grandes mercados. Por ejemplo, la ganadería extensiva ha desplazado, a menudo en forma cruel y al margen de una pretendida legalidad, a grupos humanos que aprovechan los recursos de bosques tropicales (como la vainilla, el caucho y el cultivo tradicional a menor escala), y que efectivamente habían venido jugando el papel de protectores o amortiguadores ante la expansión de formas de producción que amenazaban (o que continúan amenazando) a las áreas naturales.

Por ello, los grupos que viven en las márgenes de las áreas naturales y que se dedican a cultivos o actividades tradicionales no extensivas son agentes potenciales para resguardar o para amortiguar el impacto ambiental sobre dichas áreas. Con esto no queremos negar que exista una presión real de poblaciones humanas sobre las áreas naturales, sino que los socialistas creemos que la destrucción ambiental no se puede resolver sin la participación y actividad de los más amplios sectores sociales. Los mencionados grupos humanos que viven en las márgenes de las zonas naturales, y especialmente los pueblos indígenas, han mostrado en repetidas ocasiones que tienen el potencial de defender la herencia natural que han recibido de la naturaleza. En consecuencia, y en contraste con las visiones policíacas o dictatoriales, los socialistas abogamos por la participación de los pueblos en la solución de la presión de la población humana sobre las áreas naturales.

La destrucción de áreas y recursos naturales ha alcanzado, desde hace décadas, niveles alarmantes. La organización World Wide Fund for Nature (WWF), en colaboración con el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, presentó las siguientes estimaciones sobre el estado de salud de los ecosistemas: el índice general de salud ha decaído en un 33 por ciento durante los últimos 30 años, el deterioro en la salud de los ecosistemas en bosques y selvas se estima en 12.4 por ciento, en 50.9 el de los sistemas de agua dulce y en 35.5 por ciento en los ecosistemas marinos (WWF, UNEP-WCMC:Living Planet Report 2000).

Ante estas cifras, los medios conservadores y favorables a los grandes intereses capitalistas recibieron con júbilo las interpretaciones «escépticas» del estado de la biosfera, según las cuales «las cosas están mejorando» (véase, por ejemplo, «The "skeptical environmentalist"», en www.economist.com, 6 Sep. 2001). Estas interpretaciones «escéptico-optimistas», sin embargo, no han sido producto de investigadores especialistas en ecología, sino que sus autores las han desprendido del manejo parcial y amañado de números contenidos en resultados de estudios de muy diversa calidad y confiabilidad. Uno de sus objetivos más importantes ha sido desprestigiar a organizaciones como WWF mediante presentarlas como grupos de interés que obtienen los fondos que las sostienen gracias a presentar una visión exagerada de la destrucción ambiental (véanse, por ejemplo, los argumentos de Bjorn Lomborg en The Skeptical Environmentalist: Measuring the Real State of the World, Cambridge Univesity Press, 2001).

  Estos argumentos, sin embargo, han sido desbaratados por los especialistas en la materia (véase por ejemplo, la respuesta de Pimm y Harvey a Lomborg, en Nature 414, 149, 8 Nov. 2001). Por presentar un caso, a los «escépticos» no especialistas les parece absurdo que WWF hable de un deterioro de 35.5 por ciento en la salud de los ecosistemas marinos durante las últimas décadas, cuando que la producción pesquera se ha duplicado en este periodo. Los especialistas en ecología, sin embargo, han contestado que la producción pesquera de las especies marinas que antaño eran explotadas ha, efectivamente, disminuido (con algunas especies en franco peligro), mientras que las flotas pesqueras se han dirigido a mares más profundos con enormes redes, o han recurrido a técnicas altamente destructivas como el barrido del fondo marino. Dado que la actividad pesquera es cada día más difícil, cara y peligrosa, está siendo fuertemente subsidiada por diversos gobiernos. Como resultado de lo anterior, ni aún las estimaciones más optimistas planean un crecimiento de la producción pesquera (excepto la acuacultura) en los próximos años. (Consúltese también el artículo de uno de los más reconocidos especialistas mundiales en ecología y conservación, Norman Myers: «Lifting the veil on perverse subsidies», Nature 414, 149, 8 Nov. 2001.)

Independientemente de cualquier falla de detalle que pudiera albergar el estudio de WWF, las cifras presentadas por éste están mucho más cercanas a la realidad que la increíble aseveración de los «escéptico-optimistas» en el sentido de que «las cosas están mejorando».

En vista del grado de deterioro ambiental, los socialistas debemos contribuir a impulsar movilizaciones y acciones en contra de los proyectos y actividades que amenacen áreas naturales. Debemos unirnos a fuerzas ciudadanas o ambientalistas para impulsar acciones de frente único en contra de la construcción de carreteras o presas hidroeléctricas en dichas áreas, o bien en favor de la creación o extensión de redes de sistemas naturales protegidos, y en general por la transparencia de los estudios de impacto ambiental que deben realizarse previamente a cualquier obra pública de mediano a gran tamaño. 

Debemos impulsar, asimismo, que el punto de vista de las distintas organizaciones en favor de la conservación del ambiente tenga la oportunidad de ser claramente expresado ante los grupos humanos interesados o involucrados en los proyectos o actividades que abarquen áreas naturales, o áreas que tengan el potencial de servir como partes de redes interconectadas para la conservación de acuíferos o de especies vegetales y animales.

Y un aspecto muy importante de nuestra actividad sería el impulso a la difusión de la conciencia ambiental, ya que el gobierno federal mexicano navega con bandera ambientalista, mientras que encubre una de las peores destrucciones de áreas naturales y una de las peores contaminaciones del ambiente que se estén dando en el planeta.

El cambio climático

El estudio emitido en febrero del 2007 por el Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), organismo auspiciado por la Organización de Naciones Unidas, ha venido a confirmar la opinión de las más reconocidas academias de ciencia del mundo en cuanto a la urgencia de atender el fenómeno del calentamiento atmosférico. Entre los investigadores de los fenómenos atmosféricos, sólo los más recalcitrantes escépticos habían venido dudando del informe anterior del IPCC, de enero del 2001, que había concluido que era altamente improbable que el calentamiento atmosférico fuera atribuible a factores distintos a la actividad humana, y que este calentamiento puede alcanzar grados catastróficos en cuestión de décadas. Hoy, los últimos argumentos de estos escépticos que pudieran tener la más mínima viabilidad (tal como el papel que pudieran tener las nubes terrestres en incrementar la reflexión de la irradiación solar hacia el espacio) han sido desechadas por repetidos y cada vez más precisos estudios (véanse las conclusiones de Wielicki et al., Science 308, 825 (6 May 2005); y refiérase también al mencionado informe del IPCC: «Climate Change 2007: The Physical Science Basis. Summary for Policymakers. Contribution of Working Group I to the Fourth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change», Geneva, Feb. 2007, disponible en http://www.ipcc.ch/SPM2feb07.pdf).  

La amenaza más grande a la atmósfera está representada por el proceso y el uso de combustibles fósiles. Los socialistas favorecemos cualquier medida que tienda a mitigar el impacto del uso de dichos combustibles, pero queremos explicar a la sociedad que únicamente un cambio a gran escala en la forma en que actualmente se produce energía para la industria, los servicios y los hogares, y también en la forma como se realiza el transporte, puede representar una solución. Las empresas capitalistas de producción y comercialización de energéticos, así como la industria automotriz, deben ser reestructuradas por sus propios trabajadores y con la amplia participación de grupos ciudadanos, para dar lugar a un modelo de producción de energía y de transporte que favorezca el transporte público y los métodos menos contaminantes de generación de electricidad.

Creemos que estas iniciativas requieren de la movilización y decisión de los trabajadores de las industrias automotriz, eléctrica y petrolera. La crisis por la que atraviesa la industria automotriz, y los serios problemas por los que atraviesan las industrias de energéticos en México plantean a los trabajadores la necesidad de una reestructuración (o reconstrucción) radical, que sería la oportunidad para que la sociedad en su conjunto pueda ejercer su creatividad en la construcción de nuevas alternativas.

Conclusiones

La destrucción a gran escala de áreas naturales; el creciente peligro de extinción y la desaparición de múltiples especies vegetales y animales; la alarmante disminución de poblaciones de especies marinas; la contaminación y el calentamiento atmosféricos; así como otros fenómenos asociados a la agresión de la actividad humana sobre el ambiente que nos sustenta, representan un reto extraordinario para todas las sociedades humanas. 

A corto plazo, los socialistas vamos a favorecer cualquier iniciativa de protección al ambiente, de participación bien informada de grupos humanos en la toma de decisiones, y la extensión de redes del hábitat natural que amplíen el área de los acuíferos así como la posibilidad de sobrevivencia de especies vegetales y animales que se encuentran o bien amenazados, o bien en franco peligro de extinción.

La movilización, concientización, educación y participación de la población son indispensables para la defensa del medio ambiente. Así como los socialistas no podríamos concebir el desarrollo de un proyecto de país sin la más amplia participación ciudadana, de la población trabajadora, de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los jóvenes, y de otros sectores oprimidos y explotados, tampoco podemos concebir que ese proyecto de país pueda desarrollarse sin la más profunda defensa del ambiente y de las áreas naturales.

En México, la necesidad de terminar con el modelo macrocefálico y centralista de desarrollo urbano representa una gran oportunidad para reconstruir el país entero en base a un modelo diferente, que se apoye en todas sus entidades federativas y en todos sus pueblos, y que permita planear la extensión e intercomunicación de las áreas naturales para conservar hábitats que son únicos a nivel mundial, y que contienen algunas de las más grandes variedades de especies.

Las medidas que se requieren para detener el deterioro de la atmósfera y el cambio climático no son compatibles con el capitalismo, por lo menos tal como lo conocemos actualmente. Es prácticamente imposible pensar en una reconstrucción de las industrias automotriz y de la energía sin la participación de sus trabajadores, y por lo tanto es también prácticamente imposible que los trabajadores vayan a dejar estas industrias en manos de sus actuales patrones.

A largo plazo, vislumbramos una solución que comprenda la planificación de la economía para encaminar los recursos de la sociedad hacia modelos diferentes a la depredación capitalista del suelo, de los mares, los ríos y de las demás áreas naturales.  

 

29 de mayo de 2008 www.enlacesocialista.org.mx 

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